No estábamos allí, de Jordi Doce

9788416453962Correspondiendo al buzón como se merece, el cartero dejó hace unos días un pequeño paquetito con No estábamos allí (Pre-Textos, 2016) del poeta, traductor y ensayista asturiano -de Gijón- Jordi Doce. Doce es “culpable” no únicamente de libros ben parits como éste No estábamos allí, sino también de una vasta producción a partir de la traducción de obras en lengua inglesa: donde un puede viajar sobre las letras de Auden, Elliot o Blake hasta desembocar en la poesía de Charles Simic, apuntando éste último en la cartilla de debes.

Doce atraviesa los poemas a partir de un monólogo consigo mismo, esperando averiguar en la introspección respuestas derivadas de una búsqueda interior de lo extraviado (los humanos son unidireccionales hasta que la perpetuidad no vete el recuerdo como la única forma de rejuvenecer) . Persiguiendo el hilo de la memoria podemos encontrar poemas alegóricos al juego en la calle [(…) “el aire estaba lleno de comienzos / y mil veces en mil calles distintas / alguien se tropezaba en una piedra / y esa piedra le abría los ojos (…)” en Suceso] que se vuelcan en una rendición de cuentas ante uno mismo, desnudo ante lo que se encuentra uno sumergido en el recuerdo. En el libro se abraza el silencio con el criterio perfeccionador de quién de un detalle arrastra tras de sí una catarata deJ12 vivencias en un paisanaje habitable, propicio de alianzas con el misterio y un juego de claroscuros azuzando suavemente al lector, adentrándole en una lectura opaca, aceptada por los reflejos o las fracturas que provocan la visión dentro del déficit existente en el contacto directo [(…) “Noche adentro / todo es cruz. / Todo escapa / cuando limitas con su sombra. (…)” en Incógnita] Como irrenunciable es también el balance: en pleno juego, acercándose a la luminosidad del recuerdo que siempre es de ida y vuelta aunque nuestra trayectoria vital sea unidireccional, encontramos unas notas que sin unión aparente para mirar de otra forma al lugar visitado infinitas veces.

No estábamos allí se reboza de un paisanaje sombrío: juegos de nieve y agua, rastro de heridas y una ristra de poemas que tratan la distancia, un atisbo de violencia hacia el niño u otros excesos (los del alcohol, en el poema Nocturno) y con el regalo en la última parte de un comentario  un poema a partir de un encargo de la revista Ínsula. Comentario y poemario, todo el continente del libro, es un viaje en un único sentido que indaga y especula hacia el camino de las respuestas. Un camino que tarde o temprano todos enfilamos con precisión dispar.

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