Dormir con la radio puesta

25A

De mis mayores tomé la costumbre de dormir con la radio puesta. Total, l’àvia Paquita dormía con un transistor bajo la almohada, flanqueado y protegido por un reloj de cuerda y un retrato de l’avi Josep Maria. Desde la última vez que viajé a Lisboa duermo, y por consiguiente, me despierto escuchando la radio lusa. Bueno, la televisión: la tecnología nos ofrece oportunidad de poner en negro la pantalla mientras suena la narración y así aprovecho. Durante la noche suelo tener daños colaterales del tipo levantarme a beber agua a las tres de la mañana y enterarme que en Mozambique hay fallo en el suministro eléctrico o bien me desvele rondando las seis de la mañana y coincida con la emisión de un debate enlatado donde los tertulianos no coinciden en nada, salvo en poner a parir al presidente de la Junta de Freguesía de Carnide porque habría tomado unos euros prestados y no los ha devuelto convenientemente. Es entonces cuando reordeno los cojines, las sábanas de nuevo y me sumerjo abrazando la almohada en una realidad paralela que me transporta al falso convencimiento de reposar a escasos metros del antiguo Puente Salazar, con sus lucecitas blancas y rojas encendidas en la penumbra nocturna. Parece una tontería pero es entonces cuando de nuevo mi cuerpo se relaja y el sueño entra de en mí por segunda vez. Durante una o dos horas más duermo profundamente hasta que João Tomé de Carvalho me despierta con su voz tabaquera con una catarata de “Bom dia, Portugal” en cada bloque de noticias. Y así.

Dentro de treinta y siete días vuelvo a Portugal. El Prat contra Portela, con Vueling. Poco he hablado de “la aerolínea de bandera de Catalunya” -como algunos creen-. Reconozco que ambos teníamos una relación servicio-cliente muy tensa, algo abrupta suavizada cuando me enteré que el padre de una de mis niñas, A, era comandante de una aeronave de la compañía. Desde entonces nuestros contactos -con la aerolínea, entiéndase- se han intensificado y, pese a que se aprovecharon de mi benevolencia en cierto viaje a la Capital del Imperio, la aerolínea ha cumplido estrictamente con los mínimos sugeridos en nuestra relación hasta tal punto que, en el día de cumpleaños, A me regaló una libreta de Vueling para escribir allí mis poemas. En el futuro podría suceder que publique un libro con los borradores escritos en dicha libreta…

En sí, el hecho de escuchar la radio en portugués (bueno, RTP3) es una manera de camuflar de forma inconsciente la saudade, como un cariñoso ejercicio de memoria que funciona cuando me atrapa el insomnio. En treinta y siete días vuelo a Lisboa, y en treinta y ocho haré un trayecto de bus de ida y vuelta en menos de veinticuatro horas que desde hacedos días me roba el sueño. Ayer casi no dormí de los nervios y lo probé todo: desde imaginarme las luces del Salazar de fondo hasta ponerme una entrega tras otra de A Grandiosa Enciclopédia do Ludopédio. Mis desvelos nocturnos no son nuevos, sino son el arrastre de años con ellos. Es una parte más de mi día a día. Aún así llevo cuatro meses mágicos donde todo el trabajo realizado va dando sus frutos. Poco me importa dormir cuatro o cinco horas si al final un remoto sueño se convierte en realidad.

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