Cómo ser Björn Leukemans

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Primavera en el ciclismo son piedras, colinas, frío y lluvia. Los dos sucesos meteorológicos están sometidos a raya desde la ofiliacizacidad del cambio climático, los agujeros en la capa de ozono y las vulneraciones de protocolos de buenas prácticas que todos los estados se han pasado por el arco del triunfo. La invariabilidad del los accidentes geográficos estaba asegurada: la participación de un ejército picapedrero en el norte de Francia, Flandes, Bruselas, Valonia y Holanda también. Hordas de guerrilleros, ciclistas de fortuna en su mayoría y viejas glorias retornando a sus orígenes en clara minoría, provocan escaramuzas, combates cuerpo a cuerpo y liadas que llevan de cabeza a los veinte grandes favoritos por cita. En un término medio, representando a la clase media-baja del pelotón estaba el bueno de Björn Leukemans. No era el más rápido ni el más fuerte, pero estaba ahí agarrándose a la rueda de los favoritos o poniendo patas arriba la carrera, uniéndose a la guerra de trincheras en que se convierten las clásicas de primavera a la mínima que lloviznaba cuando febrero, marzo y abril agotan sus últimas reservas de frío. Porque cuando en la periferia de París empezaba a nevar y los compañeros se deseaban suerte, temblando de miedo, él ya estaba afilando el cuchillo. Cuando había que abrirse paso a codazos por los bosques de las Ardenas él ya estaba marcando el ritmo. Cuando el viento empezaba a molestar él ya llevaba el chaleco y había tomado un gel. No necesitaba un equipo para él porque muchas veces le tocó trabajar para otros. Se buscaba la vida en el mejor de los casos apoyado por algún impetuoso colega de equipo que no le tomaba por un pirado; porque Björn Leukemans iba a la guerra cargado de cuchillos y actuaba como un francotirador: seleccionando sus víctimas, o no. En la vida necesitamos a más gente como Björn Leukemans: personas decididas, valientes y descaradas. Nos iría mejor, quizá. Siendo unos buscavidas en parte, dejando los puñales en casa, pero yendo de frente. Las limitaciones más severas, en definitiva, nos las ponemos nosotros.

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