Trabajar [no me] cansa

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La semana pasada acabé Forja del elefante. Escribí ya sobre el título del poemario, pero lo refresco: por un lado “Forja”, tomado de La forja de un rebelde de Arturo Barea; exiliado de origen extremeño a la Gran Bretaña tras la caída de la República. Por el otro “…del elefante”, porque es un animal con una memoria soberbia. Con éste proyecto he querido que hubiera cierto sentido de la unidad, que hubiera relación entre ellos aunque fuera mínima; no obstante es la primera vez que me he planteado hacer un libro como tal y me ha costado lo suyo. Me considero lector de rachas y poeta guadianesco, pero cuando decido sacar adelante y cumplir un objetivo creo que consigo en general un buen resultado. Me gusta pelearme con un verso durante una semana para ver cómo encaja en la estructura del poema. También revisar las preposiciones para no cometer aliteraciones pesadas. Soy amante del poema, sintetizo la acción en un suspiro y por ello creo fundamental acertar y repasar cada palabra, cada signo de puntuación -el único punto que utilizo es el punto y final, además del punto y coma- y un uso mínimo de las mayúsculas -esto ya cuestión puramente personal-.

Disfruto escribiendo aunque me pase horas para tener dos versos, garabateando quince cuartillas hasta dar con la forma exacta. No escribo en caliente, prefiero reposar las cosas para no manipular de forma inocente una realidad de manera temprana. Para muchos escribir es un acto de relajación: Júdice toma la escritura más como un oficio donde cada día dice tener una cita con la poesía. Escribir, diseñar un texto, leer… provoca en mí un agotamiento brutal: exprime mis ganas. Trabajar cansa, decía Pavese… respecto a la creación literaria si uno la lleva al extremo puede que acabemos como Nietzsche, bebiéndonos frascos de colirios y montando quilombos en medio de la plaza. ¿Trabajar cansa? si hablamos de trabajar la poesía estoy convencido que ella me enseña variantes desconocidas, pero siempre con la reserva que debe ofrecer la autocrítica constructiva en frío. Quizá me agote, no sirva para nada lo que hago. Puede ser. Pero la sensación al entrar a la cama cada noche tras leer un texto, corregir poemas, escribir algún verso… es impagable. Recojo los frutos cada día.

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