Comiendo de una granada, de Esther Muntañola

CD1GCuando leo un poema tiene que suceder, sí o sí: al afrontar la lectura de cualquier poema tiene que irse desarrollando la imagen de aquello que leo; que participen actores secundarios de cara borrosa mientras reflexiono sobre lo leído una o dos veces. Este principio de redondez, a mi gusto, donde hay un inicio -la lectura posterior al tacto de las solapas- y un final -la imagen, la filmina proyectada en mis adentros- lo encuentro destacado en Comiendo de una granada (Bartleby, 2017) de Esther Muntañola.

La multidisciplinariedad de la poeta queda reflejada en la estructura del libro a partir de una mirada certera sobre ambientes naturales, semejantes a préstamos artísticos de otras disciplinas -la adjetivización vívida sería una muestra- desarrolladas a partir de interesantes usos metafóricos en los versos; colocando y proyectando en las extremidades de una “carretera” diversas ramificaciones que son afluente de otras más pequeñas pero con un sentido propio para destacar: a un lado el amor o la muerte, en otro los perfiles de la belleza y la tragedia; su imposible equilibrio como se remarca en la grupeta de poemas que destacan la ponzoña bélica que ha cubierto entera un siglo y dura hasta hoy (Caen, pág. 20, sería un ejemplo) Estamos ante poemas de comprensión sencilla, pero siempre de lectura final obligada para desgranar de forma eficiente su forma narrativa y las evocaciones propuestas. UnasEMÑ evocaciones que giran hacia el dolor más amargo, el dolor hacia aquellos que se juegan todo para vivir en una tierra prometida que les enclaustra, sufriendo un reniego doble, agudo hacia la más profunda insensibilidad provocada por los factores humanos. Pese al tono grave de algunos poemas o los colores oscuros, Comiendo de una granada es una declaración de afecto, un cántico a reconciliarnos con la naturaleza (Espacio para sostener el tiempo, pág. 58, donde los ramales convergen en un crudo poema anudando todas sus corrientes) Comiendo de una granada es un libro fresco sin que ello signifique alegre, porque la carga profunda que albergada en sus costuras nos invita a recordar lo estudiado y lo vivido para nunca más recaer,sino para y construir un espacio, sea siquiera interno, donde erguirnos en equilibrio y justicia.

Esther Muntañola ha conseguido en su libro que podamos tener un interrail de urgencia gracias a sus Rutas y otros poemas en alerta, con suficiente ímpetu para descargar en los lectores un torrente de emociones (Cuchara de madera, pág. 44 y el recuerdo cerrado de la abuela) sin perder un ápice de contundencia en la sensibilidad latente del hogar, del viaje o de aquella persona anudada invisiblemente a una carretera repleta de desvíos y contradirecciones incomprensibles.

Postdata: el libro que leí en un avión, perdido en una cinta de equipajes. No, no he recuperado ningún libro; el de Esther es el primero que repongo por mi innata afición al despiste. Volverá a ser dedicado.

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