Nieve antigua, de María Sotomayor

NALa nieve, además de obsequiarnos anualmente estampas preciosas tiene unos cometidos tan necesarios como sospechosos: por un lado camufla las verdaderas bondades de la tierra -hasta que se rebela con toda su fiereza y rebeldía- y a la vez es un tablero maleable donde quedan expuestos claramente el relieve de cada uno de los actos cometidos durante su vigencia. María Sotomayor junta aquello que no se ve y con los rastros que han ido dejando huella conforma un libro entregado, denso pero enérgico en potencia, con una voz femenina cargada de frías y profundas sensaciones: desde la más sincera resignación (“ahora sonreímos a una puerta / y esta nunca nos reconoce / es todo el frío que nos merecemos”) e incluso incredulidad ante un temor encarnado en un segundo (“porque hace frío y nadie entiende tu manera de / troncharte / hay un miedo de barro a punto de romperte”) en una catarata de versos hivernales (“no eran los días o la nostalgia de los limoneros / tampoco las casas vacías de estómago desaparecido / en silla azul de fondo azul donde tampoco la chica / era el dolor brillante del invierno”)

Aunque sea un libro volcado a frío como su título indica, cada poema es diferente en sí y existen algunas connotaciones hacia la calidez no ausente de ímpetu. En Nieve antigua la perfección no es buscada, sino que aparece cuando recurre al origen de cada elemento en aquella franja de compromiso que los escritores (y por ende, poetas) nos, permitidme, obligamos a pisar. Una honestidad sentida, desnuda y profunda que suelta su esencia como debe ser hoy día: despreocupada y natural ante lo que seríaMS hace poco encorsetamientos ante la mirada ajena (“algunas niñas beben / otras ensucian sus labios / ¿Cómo haremos para limpiarnos la vergüenza?”) Y se siente cómoda en la incomodidad, en la acidez de los momentos y en el disfrute de las contradicciones (“el frío es como una corona clavada en el ojo / un montón de niñas y niños que no hacen pie en una bolsa / y ya no tienen sueño / parece mentira que nadie lo sepa”) Al igual que Ben Clark en Basura, el poemario muta, evoluciona e involuciona lleno de negatividad. Mientras que con el poemario del ibicenco encontrábamos la desnudez humana ante la podredumbre: soledad, desarraigo, pobreza o inmigración; aquí nos encontramos un baño de nostalgia, momentos de no retorno e imágenes dolosas que ponen en jaque cada uno de nuestros pasos (“la recuerdo por su pelo corto y sus brazos largos / tapándole las rodillas / la recuerdo por eso y porque no hay enfermedad blanca que no reconozcamos”)

La nieve en realidad se funde con el calor de los versos; cada palabra es puesta en jaque una y otra vez, traspasada por el fondo del conjunto. Tampoco el desierto era un lugar cálido y apto para el silencio; la simple palabra es agua ante la potencia visceral de algunas imágenes. María Sotomayor escribe desde la tierra y hace suyo un universo de mujer, helado, con árboles, labios pintados y mucho frío. Y todo hilvanado con una cohesión idónea entre todos sus elementos. Nada de más.

Postdata: con Nieve antigua, María Sotomayor obtuvo el IX Premio de Poesía Joven ‘Pablo García Baena’ en 2017…

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