Identidad y frontera

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Os tengo que confesar una cosa y creo que no hay mejor día para hacerlo que hoy sábado, lamiendo el mediodía, rozando mi vermut, saboreando una oliva y poco después de birlar una patata del platito  en una terraza de la Plaça de la Font de mi ciudad. Cogí un guante [nota: el lema de Centrifugados de ésta edición me parece acertadísimo ante las ideas de bombero de muchos encorbatados a nivel regional, nacional e internacional] que sin venir a cuento he decidido tomar pero también para reflexionar sobre todo un poco. Obviamente en un mundo imperfecto como el nuestro cualquier intento de transformación de la realidad tiene que ser atendida y vigilada con lupa y acompañada si es de agradecer después del escepticismo primerizo que adolecen las aventuras. Sostengo que no creo en las fronteras pero sí en las identidades y participo en su defensa en situaciones de debilidad o ataque indiscriminado. Hoy, relajado como estoy después de una semana de lloros infantiles, caminatas, labores de oficinista y primeros auxilios e incluso de dietista -nadie dijo que trabajar en un colegio fuera fácil- os digo que ambas palabras llevan a otra asociada: incertidumbre. Y también, miedo. Es lícito tener miedo, es una de las pocas cosas gratis, aunque habrá muchos que paguen, que tenemos al alcance de la mano si nos ponemos sensibles. “Nunca hay que tener miedo”, dicen aquellos echaos p’alante. Mentira. El miedo fortalece y crea un pátina de autoconocimiento, reflexiona en nuestras virtudes y permite si se le doma, una frialdad para adoptar de forma maestra  decisiones temerarias y efectivas, también. Alguno piensa que levantar una frontera en el silgo veintiuno está desfasado, fuera de moda e incluso cutre. Y les doy la razón: Defender la creación de un muro, en garitas, en vallas dentadas capaces de arrancar tejidos de todo tipo al pasar sobre ellas y demás medidas disuasorias es tener una mentalidad un tanto cavernícola. Seguramente en enfoque principal y donde haya una gran cantidad de caminos, viales, rutas, senderos y cañadas sea en la identidad. Una identidad comunidad, grupo… busque la fiesta del hormigón, la cuchilla y la retroexcavadora en sus extremos y en cambio sí potencie la tolerancia, el respeto, la multiculturalidad  y la diversidad; entendida en un espacio común para todos y que sea identificativa a partir del respeto de sus decisiones legítimas. Quien piense en la alteración de un orden de las cosas pone en jaque el planteamiento inicial de estar en contra de fronteras y volviéndose en contra. Quizá hay una carencia de escucha activa en muchos actores implicados en el maremágnum diplomático de hoy. pero también hay déficits de democracia y una carencia insultante de sensibilidad que reduce todo a un grupo de seres con el raciocinio del pleistoceno soltando verdaderas barrabasadas sin fundamento alguno.

En definitiva y dejando de lado el formalismo (yo que sé si germánico, ruso u otomano) estoy hasta las narices de tanto pollavieja suelto, de los sabelotodo de red social. Agradecería un mínimo de conocimiento de causa y capacidad de argumentación para justificar postulados más allá de enarbolar un pedazo de tela, agitar un papel plastificado y tararear a grito pelado una pieza musical. Ya tenemos payasos con micrófonos y ladrones de corbata; no seamos ahora intelectuales de oídas. Sigo con mi vermut. Salut!

Foto: frontera de Caia – Badajoz, hace unas cuantas décadas.

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