Soledad, era digital e infancia

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Mi particular acidez hacia lo británico se suaviza un poco cuando leo que en Gran Bretaña empiezan a tomarse en serio el problema de la soledad (noticia de El País del pasado viernes 17, aquí) creando un departamento con rango de Secretaría de Estado volcada únicamente en el tema. Aunque el fondo de la noticia deja ver la sombra de un resultado en las arcas del país, no es menos cierto que la soledad corre riesgo de convertirse en una pandemia si no está convirtiéndose en ello ya. Quizá en los estados sureños el gozar de un clima a priori favorable juega algo a nuestro favor. En principio, también, la forma de ser mediterránea -supuestamente abiertos y alegres, en el fondo podemos llegar a ser también unos judas- hace que o bien vivamos del postureo o aquella patina social arraigada en nuestros genes haga de dique ante el vacío.

Ahora, la dura realidad -en cualquier lugar- es asumir que la digitalización de la sociedad, además de ofrecernos herramientas para nuestro trabajo y ocio nos ha distanciado inconscientemente de la piel y vuelto un tanto menos sensibles: muchos han encontrado la distracción en las nuevas tecnologías como soporte para superar sus verdaderas carencias y frustraciones; lo cual es fantástico. Otros en cambio viven para y de ellas, otros crean un rol para conseguir llenar un vacío que socialmente, en la calle, no pueden suplir, con unas intenciones más perniciosas que otra cosa. En la era digital los juicios de posesión de la verdad absoluta o el rancio sentimentalismo para conseguir una dosis de protagonismo son la manta donde se tapan las carencias socioafectivas, de habilidades sociales  y vamos a decirlo, el resquemor y la envidia. Aún así quiero ser buenista, supongo que toda esa respuesta se desarrolla como “mecanismo de defensa” ante los ataques acumulados en la mochila existencial de cada uno. Será porque todavía conservo algo de esperanza en los seres humanos, acentuada cuando trato con los niños. Ellos perfectamente estimulados en su inocencia y en la innecesariedad de según qué complementos desarrollan una red social más rápida e incluso afectuosa que cualquier adulto sin aquella predisposición a teclear, insultar o verter una acusación falsa. Deberíamos mirar, los adultos, en qué época del crecimiento todo se trunca y saber en qué momento intervenir para evitar en un futuro depender de Secretarías de Estado para combatir la soledad. Estoy seguro de que si les motivamos a ser independientes pero conscientes del cuidado que han de tener de su entorno, de administrar un consumo digital responsable -a partir de la autocrítica- y la creciente responsabilidad de las acciones que han de asimilar en cada etapa no crearemos otra generación sedentaria.  Es todo un reto.

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