Hiela sangre, de Francisco Ferrer Lerín

[“Mis compañeros de generación (Novísimos: Pere Gimferrer, Ana Mª Moix, Guillermo Carnero, Antonio Colinas…) tenían muy claro su futuro. Yo, en cambio, me resistía a llamarme poeta. Llegué a reírme un poco de ellos. Y en cierto modo eso me perjudicó.”]

FLFerrer Lerín (Barcelona, 1942) me gusta particularmente porque escribe al límite de lo poético al igual que estrujó los versos en Fámulo (Tusquets, 2009) y mucho me temo que desde los primeros setenta. Es un poeta incómodo, como la presencia de ciertas aves -algunas carroñeras- a las que dedica parte de su vida profesional en forma de observación, estudio y cuidado.

[“El buitre es una bestia que pertenece al pasado. Es de difícil encaje en la sociedad actual, en la que se exige por ley la retirada de los cadáveres de animales…”]

En Hiela sangre (Tusquets, 2013) el barcelonés ataca mediante un uso narrativo una historia erigida a partir de personajes clásicos prestados de algunas de sus lecturas (Plutarco, Mucio Escévola) los encaja con algo primeramente banal para volver a girar cualquier significado hasta la sorpresa -el laberinto de Epidauro-. Profundiza también gracias al basto conocimiento de fauna, especialmente ornitóloga. para desarrollar poemas a partir del desarrollo toponímico de diversos animales; jugando también con otras piezas que entrarían en una polémica -por desconocida- culinaria, con poemas dignos de ser extraídos de un manual de cocina del siglo XIX. Ferrer Lerín juega con mitologías, curiosidades medievales; recupera escenas de libros anteriores desarrollando una catarata de imágenes y personajes alejado de escenarios únicos, abrazando diversos matices y estilos en toda la obra como si jugara bajo el abrazo de la vanguardia (El Botocudos, página 87: “…Su pelo negro grueso y larguirucho / su color era un blanco de color marrón amarillento…”) o hubiera pedido a un índio tabajara (“…sus solamente armas eran caña / su solamente instrumento musical era un pequeño bambú nariz flauta…”). Asimismo se confirma como un autor contundente, oscuro; como si fuera un toque suyo, personal al estilo de Famílias como la mía sin caer obviamente en el pragmatismo de los versos (“…seccionan cerebros a hachazos…” o “…saqué los ojos / a mis dos tíos, corté la nariz…)

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[“Durante algún tiempo se especuló con que yo era un heterónimo, un alter ego de Pere Gimferrer. Tengo la sensación de haber sido devorado por la leyenda. Todo el mundo habla del personaje, pero ese no soy yo.”]

Ferrer Lerín afronta su poesía a partir de las referencias personales, con un buenismo en su obra, matizando hacia el positivismo y la ternura la infancia junto a estructuras a veces recargadas, entre la pasión y el desgarro -con un halo de frialdad, sea dicho- y una devoción hacia un nudo de intereses obsesivos: las necros, juegos lingüísticos y una aproximación a la historia hacen ya no solo de Hiela sangre, sino de su obra un viaje intenso a lo largo del tiempo y a un juego con el recuerdo arriesgado a la par que perenne.

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