Pequeños seres vulnerables.

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Crecieron en la tierra que colinda con el desfiladero que dejó de creer en los vestigios. Olisquearon la vida como ese lugar donde paraban los merecedores de los sacos que llegaron a buen puerto. La suspicacia agudizó el rezo reclinado a las formas enterradas entre ramas y arbustos. Sobre la hojarasca, el palo guiaba los latidos del bosque, temblor de las estaciones sin predicción. El anzuelo del abuelo avivaba la agitación de la lombriz erguida como la cola del perro al que dispararon tras sufrir un derrame. En su tierra no les era permitido dejar ningún resto que delatara la procedencia entre cordilleras. Por qué tanto descarrilamiento. Por qué los meandros de la vida arrastraron la liviandad de las ánimas sin cerradura. Sin su habitual brillo, su mirada dejó de acunar retornos. Los cuerpos tendidos en el bosque fueron quemados por la garra de la vulnerabilidad enmascarada. Los secretos no esconderían a tiempo la rugosidad de las manos que orquestaron diluvios.

Meridianos de tierra
Hasier Larretxea

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