‘Governo da geringonça’ para españoles

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Nos costó creerlo, asumir con normalidad la imagen de un ministro almorzar en la Baixa al igual que hacían el resto de lisboetas y turistas allí presentes. Fue curioso ver a Mário Centeno comerse un plato de arroz de no sé con qué mientras hablaba animosamente con otros comensales. Curioso, sorprendente y algo reconfortante cuando uno sabe que en España los ministros saquean los recintos más suculentos para el bolsillo y el paladar de la capital. En el estado español es inconcebible, de buenas a primeras encontrarse en un bar normal, de menú del día a cualquier político de categoría nacional: en España, donde la política se ha vuelto oficio, donde la aspiración del doctorado de provincias es ir a la capital y conseguir un puesto en la Diputación o Consejo Comarcal, donde hay excedente de mediocridad y uno cree subir veinte escalones por el hecho de tener una plaquita en una mesa de IKEA con su nombre es vital ver que, aunque las políticas sean contrarias en ideología todavía hay un reducto de normalidad.

Portugal está de moda. Es así: Ryanair ha conquistado a precios de birria la codicia chancletera del dominguero nacional. La gente del estado español ha pasado en diez años de considerar a Portugal un destino donde comer buen marisco y comprar toallas y café de primera calidad a ser la envidia de la izquierda fresycool española -CompluBoys y Colauers principalmente-. Es decir: de golpe y porrazo admiramos hemos pensado que el hermano pobre de la península se ha vuelto superdotado. Lo cual es falso: nunca ha sido el pobre de nada pero tampoco es un prodigio en eso del progresismo: más bien ha mostrado una lucidez envidiable, poniendo algo de cordura allí donde puede meter mano. Que es muy poco.

¿Qué está pasando en Portugal?

Hay un tripartito parlamentario de izquierdas: Socialistas + Bloco (un Podemos a la portuguesa muy light) + CDU / Partido Comunista; donde los primeros gobiernan con el apoyo de ambas fuerzas progresistas. Ahora bien, que gane el Partido Socialista no conlleva a pensar que gobierna la izquierda: una cosa de la que se quejan muchos portugueses, sobre todo jóvenes, es que no hay apenas diferencias entre los grandes partidos nacionales salvo en la forma de comunicar las cosas. Con la etiqueta de políticos de partido se está cubriendo la realidad de un Consejo de Ministros poblado de tecnócratas que por un lado controlan el gasto público -no inversión- y por otro lado continúan con muchos de los mandatos impuestos por la Troika. Es decir: se están implantando de forma un tanto laxa las directrices económicas europeas, pero no hay un destacado interés en salir de los mandatos de ella por parte del consejo de ministros; existe un pragmatismo de izquierdas en el discurso, donde se venden medidas progresistas para intentar tapar el retroceso causado por las imposiciones europeas durante años. No hay un interés en descabezar medidas como la insultante reordenación sanitaria -pagar una tasa de veinte euros por ir a urgencias, interminables horas de espera, reducción forzosa de jornada laboral en algunos casos, racionalización de medicamentos- o la ya conocida flexibilización del mercado de trabajo – cambio del sistema de cotización de pensiones, reforma laboral a medida de los grandes negocios, gemela de la española; aquella que desnuda y desprotege al trabajador más si cabe-. Por no hablar de la reducción de carga impositiva a cualquier empresa extranjera que decida tributar en Portugal, de la misma manera que en su día hizo Irlanda… y fue el inicio de su descalabro. Es tal el caso que algunos técnicos del gobierno de António Costa no se esconden de decir en público que las intervenciones de la Troika fueron vitales para el país, emitiendo el ejecutivo un doble discurso que cae de bruces ante la realidad que nos venden medios amigos del IBEX 35.

Si bien es cierto que se han encarado mejoras com la subida de un 5% el salario mínimo, hay un aumento en ayudas escolares y se está trabajando en pro de la conciliación laboral la otra realidad es que el transporte sube, la electricidad está a precios prohibitivos el Kw o la cesta de la compra aumenta también de precio. Duele verlo así pero Portugal tiene un gobierno que vende un discurso de izquierdas pero que realiza políticas compensatorias bajo la sombra de la Unión Europea. António Costa puede presumir de ser un hombre de izquierdas y progresista pero su gabinete no lo és y no está revirtiendo la situación emponzoñada por la Troika, sino que va de camino a cronificarse. Portugal tiene un modelo político propio reformista dentro de la austeridad impuesta, con un crecimiento de barro y poroso en las clases populares de su República. No son los alternativos de la UE, ni un ejemplo a seguir al pié de la letra como desde aquí comentan medios afines al IBEX o Podemos. Por si fuera poco la crisis militar -desde submarinos que no flotan o armamento que desaparece o es revendido-, el machetazo de Rebelo de Sousa a la financiación pública de partidos -que ha puesto en pié de guerra a medio país- o el perenne desastre forestal desgastan a un gobierno no sé si fuerte por deméritos de una oposición centrada en luchas intestinales más que por aciertos propios hace que se suavice una gestión cómplice del austericidio en el fondo.

Posiblemente toque reflexionar. No sé qué pretenden socialistas, cuquileftiers y nostálgicos del frente popular. España necesita un revolcón de arriba a abajo, serio y sin medias tintas; no parchear la Troika con chapuzones de progresismo. Hacen faltas medidas descaradas de izquierdas -en ambos países- y sacudirse el estigma de país conservador que influencia la política y medidas de los estados.

Postdata: Governo da geringonça es un calificativo peyorativo hecha en sede parlamentaria por el centrista Paulo Portas parafraseando a un periodista del diario Público. Puede entenderse invención difícil de creer, artilugio sin sentido.

Imagen: viñeta de El Perich.

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