5C – En la Coleção Berardo

 

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Adoptamos la intención de madrugar: ocho y media hora portuguesa… pero cuando uno tiene la etiqueta adquirida de cafetero resulta poco más o menos imposible quitársela de encima. Tampoco la lluvia gruesa, en este caso, abandonó el día. En un desfile de húmedos grises nos dirigimos a Algés -el Barrio de las Embajadas según Leonor- para tomar un café con unos conocidos. La estructura residencial del barrio es el contrapunto al estilo decadente pero elegante de Lisboa: la antigua Olíssipo reune una decadencia pausada; reformada y mantenida con encanto, la tranquilidad y el trato amable de quienes saben que su saber estar es la mejor tarjeta de bienvenida. Continúo: después de un galão y una sobremesa politicosindical llena de carácter y curiosidad recogemos nuestro camino hacia detenernos en la Coleção Berardo en Belém. El museo acoge una colección bastante interesante de arte contemporáneo -desde inicios del siglo XX- con obras de Picasso, Warhol, Calder, Vantogerloo, de Chirico, Tàpies… Pese a ser piezas escasas de estos autores uno, sala tras sala creo estar releyendo el libro de Historia del Arte cursado en Bachillerato, sus interminables esquemas y los interminables también examenes de Marcelina. A la vez me resulta extraño sentirme como en casa. Por certezas e impresiones, ambos, Leonor y servidor, prestamos más atención a la colección comprendida entre 1900 y 1960, concretamente en el cubismo y constructivismo, aunque Leonor por influjos del mercado cultural aborreció ligeramente el formalismo ruso y parte de la colección posterior a los años sesenta: para ella, demasiado postmoderna, carente de personalidad. En mi caso no concibo simple y llanamente la comparación entre un columpio con el teléfono de Dalí o un tapiz de Miró. Ambos finalizamos el recorrido en el Pop Art Británico y Americano, acabando la visita con otra húmeda y gris perspectiva de Os Jerónimos y la bendita decadencia en sus muros. Huérfana de visitas estaba la Torre de Belém. Desde una distancia considerable uno podía creer brevemente en el secretismo de alguno de sus rincones -el Beco do Chão Salgado es un reducto ante la masificación estival por sus reducidas dimensiones- y en la fortuna que teníamos de no ser engullidos por un ejército de catiuscas y pértigas de selfie. Pero nada más lejos de la realidad; al girar el cuello la marabunta guiri apareció parapetada en una mole, símil de negocio de souvenirs por quintel y dando un vergonzoso espectáculo donde cualquier ciudadano entendería por qué una mayoría de catalanes deseamos independizarnos con urgencia del borreguismo castellano. Vergüenza ajena, porque en el noventa y siete por ciento de los casos el turista español adolece una carencia de habilidades comunicativas y asertivas en el extranjero y cree más efectivo el dar voces, vacilar y si cabe, menospreciar al portugués. El español-extremeño es especialista en ello, por cierto.

Algo cansados y hambrientos, más húmedos por la incesante lluvia anduvimos decididos de vuelta a casa deteniéndonos en Pasteis de Belém para comprar un dulce recordatorio a Amalia -curiosa y devota fascinación en Portugal por el nombre de mi madre- y después de una larga caminata por la Rua da Junqueira hasta desembocar en Alcântara de nuevo previo paso por el antiguo Museu Nacional dos Coches, la Cordoaria Nacional y la casa de los Tranvías. También discutimos si comer en un nepalí o un japonés, aunque sabiamente Leonor zanjó la conversación comprando leitão al que añadimos luego una suave salsa de vino con boletus acompañado con un par de cervezas. La siesta nos merecía después.

Fotos: realizadas en el Museo Coleção Berardo.

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