5B – Páginas de lluvia

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En algo se parecía la cafetería de Largo do Calvário con La Cubana de Badajoz: en sus estantes de madera, en sus dulces -no en su café Camelo, pero sí en su atención-. Desde su terraza uno podía ver a Lisboa hidratándose por la lluvia, a los vetustos y románticos tranvías tomando oligofrénicos para mantener la cordura sobre raíles y catenarias adentrándose a lo largo de la Avenida de Brasilia hasta llegar a Cais do Sodré, acariciando el Mercado da Ribeira, uniendo en él los dos conceptos de mercado que actualmente conviven hasta que el nuevo se zampe al otro, unos lo llamarán progreso otros ley de vida en el capitalismo. Comprar en da Ribeira se ha convertido en una experiencia agotadora para el bolsillo; los puestos de toda la vida suben el precio ante el coste obvio de la vida y la materia, y también por el reclamo del nuevo mercado fresycool Timeoutiano. Lo bueno es que todavía conserva algo de sus entrañas y esqueleto,  no ha sido operado salvajemente como ha sido esquilmada la personalidad de La Boquería de Barcelona o ha mutado de forma completa como el de San Miguel en Madrid -gourmet, gourmet-. Como irreductibles galos, los comerciantes se hacen los fuertes en sus puestos de verdura, pescado o carne aunque llevan sobre ellos un gesto propio de estar hasta las narices de flashes y ñics/ñecs de botas de agua: porque hoy, jueves cuatro de enero, llueve en Lisboa y a nadie le gusta el día excepto a un servidor que disfruta de la niebla sobre el Tajo. A pié ya, sobre un impactante suelo rosa, 26166152_10214600692667590_7380924860647715619_nempapado, rectilíneo sobre la Rua do Arsenal desembocamos en la Praça do Comércio. El antaño párquing está desnudo de turistas: el tiempo ayuda a sentirlo propio solamente el claxon animoso de los taxistas -un defecto latino, sin duda. La cantidad de fracturas en los metacarpos que llevará consigo el uso indiscriminado de la bocina- uno ve sobre los mármoles reflejos rosados, como ya sucede en Cais y como sucedía en San Francisco cuando diluvia en Badajoz. Es curiosa la relación que tiene Avó Ana o Miguel con la ciudad: allí se iba a buscar caramelos, dulces. Los extremeños iban a Elvas a comprar toallas, paraguas y a comer marisco: popularmente se dice que el mejor marisco de Extremadura se come en El Cristo de Elvas. Y ya podría ser.

Visitamos la Casa dos Bicos, cedida a la Fundación José Saramago. Leo y yo nos damos un baño de literatura. Que Leonor, su diminutivo tenga una significado tan propio con su personalidad es sorprendente. Encuentra placer en algo semejante a una vida monacal: lectura intensa, estómago ligero y trato atento y cariñoso. Debora (-mos) las paredes de la Fundación donde hay la autobiografía de un escritor tan perseguido como admirado y donde se le ha loado más postmortem como ya suele pasar en la mayoría de los casos. Es interesante observar también la colección casi cronológica de todos sus libros publicados en múltiples ediciones e idiomas así como contemplar la Medalla del Premio Nobel con la que fue condecorado o sus diarios y cuadernos de creación. Dicen que su personalidad era algo abrupta, pero tras observar restos, letras, en fin, de su vida me llevo una sensación amable de su mirada. Después de hacer algunas compras de rigor por aquello del calendario -en Portugal los Reyes Magos van de pasada, casi ni se detienen, pero Sus Majestades dejaron algunos presentes por Os Lusíadas- dirigimos todos nuestros esfuerzos a aguantar la xafogor del suburbano lisboeta, antecedente de un almuerzo con bifanas y pretos, cogiendo fuerzas para abrazar a Madalena con su cariño eterno -al menos, conmigo- previo paso a la visita exprés a la Casa Fernando Pessoa donde el contenido multimedia de la planta superior, soberbio y completísimo es descompensado por la austera exposición del resto de la casa y la impresión imponente del cuadro de Almada Negreiros alzado en una entreplanta: sus sombras, el porte de Pessoa, la tonalidad. Provocado o no, caí en el desasosiego y ansia de Bernardo Soares. Un poco defraudados por la segunda visita del día nos dirigimos a casa, vía Madalena, reconfortados y encariñados con la lluvia: ella no falló en todo el día y como si fuera una lengua húmeda sobre el asfalto de la Avenida de Ceuta no cesó hasta dejarnos en Os Lusíadas de nuevo, realizando un viaje de ida y vuelta.

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