Disgustos sin remedio

ala

[influencia del dolor de cabeza, pero será por eso que Lobo Antunes aparece hoy aquí. De mientras empiezo con ganas Esplendor de Portugal.]

“Si pienso, mi amor, en el villorrio de media docena de chalés derrumbados, sin propietario, donde las arañas hilaban el abandono, en equilibrio sobre los barrancos y el grito de las aves, y lo comparo con este apartamento de Alcântara junto al paso a nivel del tren y a los barcos del Tajo que nos rozan las fundas coronados de delfines, mis piernas buscan, sin darme cuenta, la concavidad de tus rodillas, y comprimo el pecho contra tu espalda en una súplica de protección que me confunde por parecerme ridículo un hombre de cuarenta y nueve años en busca de auxilio en una muchachita de dieciocho ocupada en soñar con arcángeles en moto vestidos con cazadora de cuero, acelerando para salvarla del vejete inofensivo que soy, atarantado de timidez y de sorpresa. Y no obstante, Iolanda, no creas que mi vida en una aldehuela de la región de la Ericeira en la que los eucaliptos goteaban las lágrimas de un disgusto sin remedio no era agradable: era agradable. Cuando la ciática no la afligía, descarnándola de sufrimiento en el colchón, la cocinera jugaba a las cartas conmigo en el cuarto de la caldera averiada, mientras los de la secreta estremecían la tarima sobre nuestras cabezas, tramando torturas y prisiones. En ciertas madrugadas de otoño el mar y el viento se amansaban y se distinguía una lengua de arena pronto poblada de toldos, de cestas de comida, de pirámides de chancletas y de familias en albornoz. Brotaban mimosas de las peñas y en los chalés oscilaban los candiles de los habitantes de otrora, hasta que un autobús de línea recogía a los veraneantes que seguían traqueteando hacia Lisboa, a medida que las olas engullían la playa, el cielo se cerraba con nubes de tormenta con aristas de gaviotas gritando por las rocas, las copas de los árboles liberaban enjambres de petirrojos dementes, y mi madrina, indiferente a la tormenta, cogía la aguja de ganchillo y soñaba con americanas extravagantes, vestidas con sandalias y panamá como para una expedición a los trópicos.”

El orden natural de las cosas
António Lobo Antunes

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