Entre amapolas y exilios

El pasado jueves -anteayer- acudí a la presentación de Muerte y amapolas en Alexandra Avenue (Vaso Roto, 2017) poemario de Eduardo Moga en Tarragona. Nuestra relación, por llamarla de alguna manera, se resume en comentarios en su blog y en las asiduas lecturas del mismo. Como persona en escaso trato establecido parece una muerte-y-amapolas-en-alexandra-avenuepersona quizá seria, pero con un gran sentido de la responsabilidad y conocimiento de todo aquello de lo que habla, con gran capacidad para urdir e informar y transmitir en un lenguaje ordenado pero nada farragoso cada una de sus ideas: sean de su trabajo en la Editora Regional de Extremadura, sean de su producción literaria. Y quizá he pecado, pero es cierto que no he tratado con su poesía hasta ahora. Muerte y amapolas en Alexandra Avenue es un poemario complejo: en su producción en verso Moga utiliza un lenguaje muy enrevesado para aquel que se zambulla pensando en encontrar una lectura fácil y con un trabajo sencillo. No, Moga lo pone difícil relatando “clásicos” como el destierro, la melancolía, el frío… la inexistencia del yo en medio del espacio que ocupan las grandes ciudades y la insignificancia de unos pies entre el asombro y el olvido de un nuevo espacio inmenso ante ellos.

Garfias y un poema

Pedro Garfias

Pedro Garfias

Moga ofrece en su libro cinco poemas como homenajes a cinco escritores que tuvieron que huir del país (José María Blanco White, Pedro Garfias, Luis Cernuda, Arturo Barea y Jesús Alviz) Entre exilios y versos salió en la lectura la estancia británica de Garfias y su anécdota con un tabernero relatada por Neruda en sus memorias (leer aquí). A continuación un fragmento de la composición dedicada a Garfias:

[…] Oyes. Digo. Sabes. No entiendes. Hablo. Callo. La lluvia entenebrece los cristales. Tu mirada se desovilla en tragos despaciosos, como la lluvia. La mía se enreda con el flamear de las sombras. bebemos sin entender. Entendemos. Hablas. Digo. Las ascuas tiemblan, como si fueran manos; y la luna, como si tuviese piel. Yo soy tu lengua, que me confía un pedregal convulso, una muchedumbre de lágrimas desnudas. Yo habito esas lágrimas: me pertenecen. Comparto su cadencia: soy las piedras que horadan, el escudo sobre el que translado -sobre el que transladamos- el cuerpo de aquello en que hemos creído: una patria, una causa, una mujer. La música opaca que me regalas
                                  mientras duerme Inglaterra yo he de seguir                                                                          gritando mi llanto de becerro que ha perdido a su madre                                      vuelve transparente la noche. Ese hervor gutural inhibe todos los venenos. De su mano alcanzo la madrugada. Nuestra borrachera es de sangre e impotencia: nuestro sufrimiento ha llegado a la cumbre, y no hay nada más allá, salvo sufrimiento. No nos hemos movido: tú, de la barra en que trajinas; yo de esta cárcel indulgente donde languidezco, rociado por las cenizas del Atlántico, masticando la desolación del vencido; ambos, en estos sillones de cuero ajado, con las lenguas uncidas a la incomprensión, hermanados por la constancia de la muerte y los travesaños de la misericordia. […]

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