El coraje de los anónimos

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Abre la puerta, X digo, de Sanitat y con el primer paso siente un escalofrío de ilegalidad que se evapora a partir de la continuación de los mismos hacia el círculo humano a los pies de las escaleras. Consignas que M escucha perpleja, amistades de M que llegan sin previo aviso y se convierten en acompañantes anónimos, compañeros de fatigas y reniegos en una noche dura a la espera de no se sabe bien qué. Y rumores ante el fresco mezquino de la madrugada caen los pareceres de la alcaldía y todas las conversaciones perezosas incapaces de convertirse en diálogos van apareciendo cada vez más escanciadas por el sueño; son las tres y media de la madrugada y los cuerpos ceden al empuje de la somnolencia bajo el yugo lunar y los indecisos designios de vientos templados mediterráneos, portadores de refugio en forma de chaqueta. O de saco de dormir, como hace X, que lo abre como una alfombra mágica donde dar cabezazos después de leer algunas páginas de Ensayo sobre la lucidez. MG y C preguntan si ha sido una lectura premeditada para la noche que acontece; X responde que no, que debido a una alineación y las prisas por tomar Sanitat Ensayo sobre la lucidez ha sido el libro escogido por ser el más próximo a la mochila Quechua gris que languidecía en la esquina izquierda de la puerta de la habitación, aunque la verdad sea dicha, no menciona ni de lejos la elección de Tren nocturno a Lisboa, verdadero causante de la duermevela entre paisajes de Berna y clases de latín y cursos a distancia de portugués. A distancia piensa X como todas las conversaciones que tiene con L y la osadía de los audios en medio de una lucha que no es suya pero ella la acapara como tal porque se siente internacionalista en un origen plural. Y bajo esa turbulencia de imágenes cabecea acurrucado y asiente en sueños en una media hora corta, brutal, fría hasta que llegan los refuerzos y prensa. Confirman ellos, sabios de micros y blocs de notas la salida del diferente de sus embarcaciones en las entrañas de lecheras, que no vacas, sin objetivo a saber qué. En mitad del relato M toca retirada con la responsabilidad moral que influye en ella dormir cuatro horas para atender sus sacrificios laborales. X aguanta y resiste, sabe que son vigilados por coches que pasan por la larga avenida que trocea la calle María Cristina. Y no lo dice pero tiene miedo; el miedo es de valientes porque quien no lo siente es un inconsciente y siempre los inconscientes son los que provocan desgracias. Contiene los nervios y bromea con compañeros. Como el chaval que ha venido a votar desde Estados Unidos y no para de repartir carquinyolis -ejemplo de nerviosismo- o el compañero que fuma un cigarro tras otro mientras camina. X lee Tren nocturno a Lisboa, pero le puede la inquietud de la jornada. Calla, camina, asiente, habla, respira y acaba pensando en Alcântara y en apelar al mismo espíritu que tenían en Amadeu de Prado. En cuanto puede el cielo clarea, toma un colo violáceo con las primeras luces eclipsadas por el naranja de los focos y X toca retirada. Breve, pero retirada. Recoge el saco, los libros. Abraza el hombro de MG y C y baja Avenida Catalunya a casa. Le da tiempo a comprar un cruasán con miel para A, pero coca de ceba para JM no había. Lástima. Abre la puerta  de casa y tras posar el hojaldre denso y sabroso se cubre encima de la cama de su cuarto con la radio sonando de fondo. Ha puesto la alarma a las 09:15 de la mañana. Si nadie lo evita dormirá justamente una hora. Y no hay café hecho.

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