2A – Café

portucafes

Hay algo mágico en el olor del café, en su espuma. En Porto, en Coimbra o en Lisboa, digamos que en extensión como hace papá, la gente bebe el café de un tirón, como si fuera un shot. El café es la realidad de una pausa estresante ante el discurrir del día. Aquí se bebe mucho café, solo, pero más concentrado y con más sabor que cualquier otro que pudiérase paladear en el seno de la meseta. En Portugal, los españoles son los enemigos públicos de los baristas, a los que atacan sin remedio y con la peor de las cautelas al atacar por ser los introductores del café torrefacto, así como por reutilizar la borra hasta niveles insultantes para exprimir al máximo su esencia.

El momento del café, que puede ser repetido hasta cuatro o cinco veces al día -Dona Ana dixit- es un ritual donde cada gota es válida y no hay lugar para la morralla y donde cada gota pertenece ligada a un grano de café molido: la dosis justa y bebida brevemente en contraposición al ritmo del día. Curioso.

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