Lisboa (2011)

Para quienes la amamos, la capital portuguesa es una ciudad en blanco y negro. Una urbe en escala de grises, esos grises que la bruma del Atlántico parece haber depositado sobre el Chiado o la Alfama para que los barrios y los puentes, las estatuas y las plazas se confundan y se mimeticen con el agua terrosa del Tajo. Ese juego de grises, que más que una escala tonal es la radiografía en bromuro de una metrópoli que destila vida. Una ciudad con alma de aldea cosmopolita (si eso es posible). Las calles estrechas con regueros de aguas sucias de la Alfama, el encanto de un mercado al aire libre, la silueta romántica de un tranvía, el mapamundi de una pared desconchada… algunas calles de la vieja Lisboa recuerdan a La Habana, a Mozambique, a Bahía. Pero no son tierras lejanas. Forman un mundo extraño y sin embargo muy cercano a nosotros en el que, decía Pessoa, “todo es incierto y postrero / todo es disperso, nada entero”.

Quizá por eso adoro Lisboa. Porque aún respira en blanco y negro.

Paco Nadal

Fotos: Última visita a Lisboa, julio de 2011.

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