La Morgue

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Se detuvo en seco. Sildo leyó poco a poco con voz queda: “¡La mejor de las muertes puede ser la suya! Rápida y sin dolores si recurre a nuestros profesionales”, el eslogan que aparecía destacado en una de las vidrieras de una tienda de la calle Kafka y que llamaba la atención desde hace pocos meses por lo macabro de sus productos. Titubeante y un poco nervioso decidió a entrar en el comercio. Nada más entrar, en primer planto, encontró una estantería repleta de tarros de vidrio etiquetados, cada uno de un color y densidad diferente, repletos de líquidos y pastillas ordenados alfabéticamente: alzheimer, cáncer, cólera, dengue malaria, rabia… en “La Morgue, muertes asistidas” uno podía contratar la forma de morir más adecuada a sus gustos; disfrutando de un tratamiento exquisito por parte de los vendedores que asesoraban con descaro a sus potenciales clientes. Como prueba de ello consta el suicidio colectivo -quince hombres, tres mujeres, un hamster y dos carneros- que celebraron en la Plaza Mayor hace dos años para conmemorar la apertura de su establecimiento y que provocó que una masa de gente deseosa de viajar soportara grandes colas para comprar y contratar sus servicios los días siguientes.

La imagen de Sildo, a primera vista llevaba a pensar acertadamente sobre una persona infeliz: un físico desgastado por los años con su alopecia coronando su cuerpo, sus gafas de pasta dobladas y su tartamudez exagerada afirmaban una realidad dibujada al primer golpe de ojo: era un pringado, un tiradete pasado de años y con mínimas posibilidades de prosperar en la vida más allá de reconvertir su tienda de reparación de televisores en blanco y negro en un negocio definitivamente próspero. Obviamente, nuestro protagonista descartó el catálogo de muertes románticas que ofrecía La Morgue de su colección de Primavera -le faltaba la mujer, la otra parte contratante del servicio- al igual que no le llamaban la atención todas aquellas ofertas que hacían mención al dolor más extremo: descargas eléctricas, el garrote vil, el empalamiento, una ráfaga de ametralladoras…

¿Deseaba algo el señor? -preguntó con interés un gominas encargado de la sección de enfermedades mentales. Sonriente y sin esperar respuesta del interesado, le cogió por banda y le enseñó el catálogo, los anuarios y las ofertas para el mes. Ante el macabro arsenal que veía en las páginas y buscando un fin tranquilo a su pesadumbre, Sildo eligió la sobredosis de la casa. El gominas apuntó de manera rápida en un post-it el pedido y lo pasó por una ventanilla al almacén. Al minuto, el vendedor ofrecía a su cliente una cestita de mimbre la sobredosis de la casa, formada por medio kilo de marihuana congoleña,  tres botellas de cuarto de litro de absenta negra y dos sobrecitos de speed, a lo que se sumaba tres dosis de heroína con sus respectivas agujas que ofrecía la casa por ser la promoción del día. En total, 220 euros que Sildo pagó a tocateja con la Mastercard, dejando en el cenicero próximo a la caja registradora dos euros de propina.

Salió de la tienda cerrando poco a poco la puerta, confiado en haber hecho una buena inversión y con una sensación de alivio cosquilleando sus entrañas. Sonreía bajo el solo de la ciudad y su paso alegre hacía contraste con la cara de pesadumbre de todo aquel que se cruzaba en su camino. Sildo no cogió el tiquet de compra; prendado como estaba del servicio y de la calidad de los ingredientes sabía que difícilmente podría reclamar que le devolvieran su dinero si saliera mal su muerte. Y si eso sucediera volvería a acudir a La Morgue; el único lugar donde ofrecieron solución a sus inquietudes.

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