La virtud del asesino

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Soy autónomo. Nunca me ha gustado que terceros metieran sus narices en la metolodogía que aplico en mi trabajo. El último zarigüello que me contrató deseaba una muerte rápida y limpia de su víctima. Durante el tiempo que duró el café donde sellamos el acuerdo le insistí sobre la virtud del asesino; es decir, mantener la tranquilidad pese a los nervios que pudiera tener al anhelar los resultados de mis servicios. Y que ha de existir una relación de confianza ciega entre pagador y ejecutor, y por ende, respetarla.

Pese a mi pragmatismo entiendo asesinar como un arte. Muchas veces mis contratantes no entienden el tempo de mis acciones y cómo me deleito al observar el último cigarro que fuma la víctima o aquel beso que ofrece a su mujer antes de que vacíe en su vientre el cargador de mi pistola. Esa impulsividad del demandante provocada por la sangre caliente que riega nuestras arterias, hace que más de una vez ellos mismos no puedan ver los resultados mi obra, porque se entrometen en ella con sus agobios, prisas e insultos hacia mi persona; obviando que yo tengo el revólver en la mano y por ende, soy dueño de mi destino. Y del suyo. En consecuencia de las presiones y puesta en duda la jerarquía de is acciones de un servidor hay veces que no puedo cobrar lo acordado porque el contratante es víctima de su impaciencia. Y del plomo que sale del revólver dirigido a su busto. Y repito, no cobraré. Pero os aseguro que cada noche doy un beso a mis hijas con la conciencia bien tranquila.

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