Veintisiete

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Si no fuera porque es el Día Internacional de la Poesía el de hoy sería un día completamente normal. Digo normal porque la rutina va siendo la misma: levantarse, café, tostadas, estudiar/trabajar, salir a estirar las piernas, comer, ir a clase, volver o dar una vuelta con algún amigo, cenar, internetear un poco y dormir. Como un autómata llevo meses con la rutina. Los oasis laborales son cada vez más escasos y mi paciencia se ha convertido en resiliencia.

A media mañana siempre me pregunto si he hecho algo mal. Seguramente habré cometido muchos errores en el último año y medio; pero no sé si por suerte o por el destino éste solo me pone en cuando una piedra más en el camino: total, es parte de la vida pero uno ya se cansa. Uno se cansa de caminar y tropezar con piedras. O de intentar levantarse por la mañana y ver que encima de las sábanas hay mojones que impiden que pueda desperezarme. Uno se cansa de ver que el camino de tierra se ha convertido en un pedregal en donde ya no hay camino. O yo no lo veo, que también puede ser.

Odio la vida subvencionada. No lo diré nunca en alto, pero conste que lo pienso. Odio el tono de pobrecito en el que algunos en mi familia o conocidos me tratan. Odio a aquellos que se sorprenden porque voy a trabajar a tomar por saco de mi ciudad -como si hubiera trabajo de lo mío en mi ciudad-. La mayoría solo sabéis la parte bonita del trabajo -me encanta, que conste- pero obviáis la de levantarme a las cinco de la madrugada en casa de mi hermano tras dormir cuatro horas y comer rápido y mal. Y sí, repito: disfruto de mi trabajo pero los dolores de espalda, de garganta y las horas que me chupo en tren y autobús no las tenéis en cuenta. Tampoco dormir cada día en una cama diferente Eso ahora, porque en el pasado ni puñetera idea de lo que era mi trabajo. Mi único y mayor error ha sido querer trabajar de lo mío e ir haciendo un futuro que cada día… qué coño: cada día no lo veo. Tengo la suerte de tener unos padres comprensivos y que son un amor, como mis hermanos y sus mujeres. Y mi sobrino, que cada día me saca la sonrisa más grande que tengo. Ésa es mi suerte: la de que nunca me han negado un plato de comida o un techo bajo el que dormir porque me quieren y saben que si pudiera haría lo mismo por ellos.

Es muy fácil dar lecciones de vida con la tranquilidad que  da que tu papá te paga la carrera o vives en un piso de treinta metros cuadrados y te crees el rey del mambo: quizá el error es que nos han dicho que a los veinticinco teníamos que estar fuera de casa, trabajando y en pareja. Y mira por donde no estoy fuera de casa, casi ni trabajo y lo de la pareja es un tema a parte. ¿Qué coño me habláis de futuro los que vivís con del dinero de vuestros padres y ostentáis de todo lo que da? No os envidio, me parece lícito que lo hagáis aún cuando en realidad estáis viviendo bajo una estafa considerable. Qué coño me vais a decir a mí de esfuerzo, de sacrificio… es muy sencillo irse de vacaciones con una beca. Está tirado eso de criticar que me vaya por ahí cuando por desgracia no vivo en mi propio hogar. Qué me vais a decir del mundo si la mayoría no habéis trabajado duro para poder ir a donde en realidad queréis.

No quiero escuchar vuestras lecciones de vida; que parecéis adolescentes hasta las cejas de antihistamínicos. Yo seguiré, porque algo estará esperándome. Hay un refrán irlandés que dice “el largo y limpio camino o el corto y sucio camino” y entre uno de los dos hay que elegir. A estas alturas de la vida me pregunto si he descarrilado y no tengo camino que recorrer, pero quiero pensar que he optado inconscientemente en coger el camino más difícil.

Ah. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintisiete años.

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