El cese de Gerardo Bengoechea

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Cuando un entrenador está vive al límite siempre aparece el verbo ratificar. El significado que enmascara es un mero eufemismo: ratificar es el dardo envenenando de cualquier presidente o consejero general de un club; una mano… al cuello. Una indirecta plausible por la prensa y la afición; una tapadera, sin más, para que lo más crudo y obsceno del poder vaya seleccionando nuevos nombres para hacer válido el dicho de a rey muerto rey puesto.

Gerardo Bengoechea -cincuenta y nueve años, veintiocho como entenador. No se conocían ni destituciones ni dimisiones- era un hombre chapado a la antigua. Un romántico. Por eso cuando acabó el partido asumió que llegaba el fin. Ratificado dos jornadas atrás por la directiva no supo gestionar la ansiedad de su colectivo: cero a tres. Y como si fuera un circo romano, el entrenador sabe que la afición estaba sedienta de sangre: los silbidos y pañuelos que teñían la grada era el pulgar descendente de un César obligado por las circunstancias. Porque uno puede mandar en la banqueta todo lo que le dejen, pero en el palco un presidente es dueño de los impulsos de la grada. Aun así, Gerardo Bengoechea aguantó el chaparrón con mirada desafiante hacia la preferencia. Dos minutos más tarde enfiló el camino a vestuarios.

Abrió la puerta y soltó la arenga pertinente a los jugadores, un cóctel titubeante de ánimo con tibia autocrítica. Acto seguido se aflojó la camisa, se quitó la americana y refrescóse la cara antes de dirigirse ante los medios. De mientras el jefe de prensa le miraba con recto serio como si supiera anticiparse su mirada a la sentencia de muerte que reinaba en el ambiente. Gerardo Bengoechea, sentado, impávido y con un arsenal de paciencia y valor elogiable de un espartano defendió con la vehemencia que le faltaba para dirigirse a los jugadores sus gestión, así como mostró su faceta de excelso jugador de mus al transmitir la tranquilidad que sentía al saber que contaba con el apoyo de la directiva todavía. Fueron diez minutos inacabables donde los buitres -la prensa- cercaban a una presa malherida -el entrenador- que se resistía en parecer débil a primera vista, que se atrincheraba en su cargo ante la fatalidad. Acabada la rueda de prensa el entrenador se dirigió hacia su despacho. Ya en él, sacó de uno de los cajones de un vetusto armario una botella de color carmesí y un vaso estrecho al que sirvió un poco de agua de una jarrita. Añadió el licor y lo paladeó a la vez que escuchaba cómo las voces del estadio se iban apagando, cómo los pasos se perdían y cómo la noche iba allanando su camino por todos los huecos de la ciudad. Mientras apuraba el trago recordaba las pancartas, los cánticos hacia su persona, las tiranteces con algunos directivos…

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Gerardo Bengoechea era un hombre chapado a la antigua. Y un romántico. Sabía marchar en silencio en la mayoría de los casos. Entendía que ahora era el momento, aunque todo era diferente. Por ello, empezó a ordenar apuntes, esquemas y vídeos: primero encima de la mesa, luego en la estantería: por fechas, categorías… así hasta que acabó y dejó una perfecta antología de empirismo balompédico lista para revisión. Acto seguido encendió el ordenador de sobremesa y pasó a dos lápices de memoria todos sus informes y resúmenes: en ellos había desde notas técnicas de sus jugadores hasta un espacio de cribaje de futuros fichajes con la dirección deportiva. A la vez, iba sonando su teléfono móvil de manera incontrolable. Seguramente fuera el hombre del momento porque desde emisoras de radio -querían despacharse en tertulia con él sin piedad- hasta llamadas del presidente deseaban hablar con el. La señal del fin era un mensaje instantáneo después de obviar durante horas las llamadas de su superior: un seco “quedas despedido”.

Llegado ese momento Gerardo Bengoechea apagó el teléfono y como buen romántico que decíamos que era decidió acabar con el sufrimiento provocado por derrotas, discusiones y tertulias. Como Pushkin, se irguió de cara a la puerta, batiéndose en duelo con su sombra proyectada en ella. Abrió por última vez la cajonera y sacó un revólver; clocó el arma encima de la mesa y lo abrió; depositaba el tambor plateado, orondo y grasiento seis cartuchos. Lo hizo girar y cerró la pistola en seco. Fijóse la corbata -como antes de saludar al entrenador rival- y se abotonó la americana. Con la mano derecha empuñó el arma y abriendo la boca, encañonando la cima del paladar apretó el gatillo. Instantáneamente un reguero de sangre, huesecillos y seos salió disparado de su nuca hasta chocar en la pared blanca; murando ésta a un color rojo fuerte, expandiéndose por el gotelé la sangre a trompicones cual catarata tartamuda.

Gerardo Bengoeceha era un hombre sensato, chapado a la antigua y romántico; con un expediente impoluto: nunca fue cesado ni destituido. Siempre supo respetar los ciclos y sus tiempos. Hasta el último momento supo ponerse por encima de rumores y sospechas, encargándose de callarlos para siempre.

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