1A – Lugares comunes

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Leo me ha llevado a una cafetería de su barrio. En el bus, el circular, que nos deja cerca del Mercado de la Cebada tarareo los acordes de Caballo de cartón –Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal…– aunque Sabina nunca ha sido mi fuerte. Comemos churros en un bar cerca de casa de Marina y dormimos las noticias. Preguntas sobre Catalunya y oye, menuda cara de sueño que me llevas. Pues tiene razón. Luego caminamos hacia Sol y nos cabreamos un rato. Vemos violencia invisible, aquella que no quieren que salga en los medios de comunicación y por rabia o solidaridad nos cabreamos y emocionamos un poco; por algo somos humanos todavía. Decidimos, después de hacer algún recado perdernos por  La Central desintoxicándonos de la mala leche que llevábamos en vena. Luego a Atocha, a despedirnos en el tren del inmigrante. Solo faltan las maletas de cartón, porque era el tren de la derrota y la indignación. En Leo veo un deje de optimismo, un todo va a ir bien en bucle. En poco tiempo ha aprendido mucho y es un valor añadido en mi día a día tenerla a mi lado. Afortunado soy.

Sobre la mesa varios libros, algunos densos. Enfrente mía un hombre de mediana edad (Ernest) lee un poemario de Ada Salas; lo trabaja incesantemente mientras hojeo el libro de un anarquista que estafó cuatrocientos veintidos mil euros de entidades bancarias: el contraste total entre estilo y forma. Otro contraste enfrente mía; un veinteañero poniendo a parir a la gente según sus estudios y salidas. A ese imbécil, pienso, habría que pararle los pies y decirle que esa tan maravillosa ingeniería que está cursando no le serviría para nada en su tierra. Al menos actualmente. A los temerarios habría que pararles los pies a tiempo, insisto.

Lo que dan de sí dos pasos: en la estación, el abuelo tropezó tras caminarlos y me preocupó. Torpón como está, cualquier gran distancia es una cuerda floja sobre el abismo para él. Un poco más que dos pasos, quizá siete u ocho, y veo a Chema recibiéndome con un a mis brazos. Después de casi dos días sin dormir ese abrazo ligero pero cariñoso y sincero me llenó de vitalidad. Conocer a Elías y a Luis Felipe, también. Son tres personas que irradian cariño hacia los otros y amor por la poesía: demuestran tener fe ciega en sus amigos y conocidos; llenos de bondad y buenas intenciones. Aún hoy estoy superado. Cuando llegue a los agradecimientos, posiblemente me quede corto. 

Seguro que todo era cierto: me desperté de madrugada con pesadillas. Todos mis libros calcinados y mojados, la estantería desconchándose a llamaradas. No entendía por qué y sin querer preocuparme demasiado -porque no eran horas- me lavé un poco la cara en el lavabo, me soné la nariz y entré de nuevo en la cama, arropándome con el nórdico hecho-una-bola. Y dormité cuatro horas o cinco más. Y luego la ducha de rigor. Antes de vestirme aparté de la cómoda todos los libros, por miedo a la humedad. A veces los sueños, incluso los malos, se hacen realidad. Y no.

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