La mochila de los falsos

No es raro el día en el que enciendo el ordenador, abro el caralibro y encuentro máximas y lecciones morales sacadas de páginas y rincones web de calado ñoño, sensiblero o similares. Bajo el paraguas de la expresión libre también está la capacidad de compartir aquella palabras; a uno le pueden gustar más o menos pero están ahí  y todos, de una manera u otra hemos recurrido a ella como valores modales o recursos automotivantes en momentos de urgencia. Las lecciones morales, a mí, que me gustan ni mucho ni poco; entre nada y todo según la fuerza del sol están bien siempre y cuando uno no las haga suya y adquiera el protagonismo, las prefiero en dosis anónimas o contrastadas y no impartidas por pedantes.

Porque hay quien se cree con la capacidad de dar juicios de valor y dictar sentencias por el simple hecho de haber nacido donde ha tenido suerte de que su madre pariera. Personas que ven como un modo de vida su profesión -coda: está bien aportar de tu trabajo a la vida social ámbitos, pero las barreras necesarias para la no influencia de esos aportes están para algo-. Hacer de una actitud junto a unos pluses aceptados socialmente -lugar de nacimiento y todas las connotaciones que supones que lleva esa persona en su mochila- y crearse un rol y someterlo en público, proyectarlo como imagen propia es una máscara. Un timo. Que una persona se crea mejor que alguien por el simple hecho de hacer algo, presumir de aquello que uno ha tenido la suerte de ser o de lo que uno hace es absurdo: es un ejemplo masturbatorio de la personalidad, eyaculando vanidades y orgullo a raudales.

El día que nos dé la real gana dejaremos de enaltecer a divos de visera y sus frases grandilocuentes -robadas de Wikiquotes-. Huiremos de femmes que van de divinas por oler a tabaco. Y por supuesto enviaremos a tomar fresco a la línea imaginaria que nos hacen creer instituciones, medios de comunicación y profesionales del tercer sector que existe entre el centro y la periferia de una ciudad, que uno necesita ser, sí o sí de lo segundo para trabajar en el campo social. Cuando el verdadero problema es organizar la acción y saber con qué recursos cuentas, no basar la acción en aquel dramonero que ha visto más calle que tú y vive de una imagen proyectada y no de sus verdaderos méritos.

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