Escudella i carn d’olla

1942 – Olla pobre de Navidad.

Compró lo que buenamente pudo en el mercado con el jornal del hermano. Dos nabos, tres zanahorias, dos cebollas moradas, cardo, romaní y una pieza de tocino blanco algo desconchado, de olor rancio pero todavía apetecible. Cociendo toda la verdura consiguiendo el caldo amasó la pelota con carne picada, harina, algo de manteca, miga de pan y cachitos de butifarra negra. Amasa y golpea, como los comentarios de los señoritos en el mercado y las miradas de superioridad de aquel que con un golpe de bayoneta cambió su suerte. Machaca finalmente con la maza del mortero la masa, con firmeza y desvergüenza como hicieron algunos regulares con la cabeza de padre, consiguiendo una pelota de forma alargada una vez extendida en la tablilla de manera que pronto acompañan en la cazuela a las verduras que iban escanciando sus sustancias y sabores.

2016 – Especialidad gourmet.

He invitado a María a comer. Nos ha recibido el maître y nos dirigió hacia una mesa en un recodo del comedor, cerca del fuego -María es, como su hermana, fredolica-. Después de estudiar la carta hemos dejado los arroces para otra ocasión y elegido una escudella i pilota. Al rato ha llegado el perolo con su sopa de caracoles y trocitos de verdura sueltos en el caldo, como náufragos -nabo, zanahoria, patata, puerro-. A continuación el camarero ha sacado un tenedor de trinchar para trocear la pilota y la ha puesto sobre una tabla de madera; con un cuchillo ha ido partiéndola y a su lado, colocó trocitos de queso trufado. A nuestro lado tenemos a un par de hombres de buen vestir, de negocios quizá: no paran de hablar y halagar en alto las bondades del caldo y la textura de la pilota. Sé que és difícil acertar con las apariencias pero todavía guardo la costumbre de observar las manos de las personas de mi alrededor. Las suyas, limpias y pulidas, dejan entrever que poco han trabajado con ellas. María me habla y yo asiento tranquila aunque en mi mente tenga el recuerdo de los señoritos del pueblo en el mercado, su sorna y mis lágrimas aliñando la masa de la pilota.

* * * * *

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Aquello que el pueblo elaboró con su sudor es tratado siempre por la sangre azul como manjar. Cura de humildad de aquellos que nunca han secado el sudor de sus frentes con la manga de sus camisas, siendo siempre palabra divina.

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