Cuento de Navidad

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Es veintinueve de enero -casi treinta- y los Reyes no han pasado por mi casa, como tampoco lo ha hecho ni Papa Noel -que no cabría por la chimenea si tuviese- ni el Tió -que continúa escondido entre el sofá y la estantería, tomando astringentes para no dejar caer ni unas pobres ralladuras de serrín-. Los regalos, tanto los recibidos como los regalados, han circulado entre las manos de la familia y mis amistades más cercanas. Visto el panorama he decidido en nombre del Rey Melchor regalarme a mí mismo un oso de peluche de ochenta y tres centímetros. Un oso grande.

El oso que he escogido ha sido uno de los que podríamos denominar como clásico: morro clásico, orejas clásicas, ojos clásicos, barriga clásica… con todas las referencias os podéis hacer a la idea del tipo de oso clásico del que os hablo. Próximamente os enseñaré una foto suya, por si acaso la posmodernidad hubiera desplazado el clasicismo de vuestro imaginario individual y reservara espacio para engendros comerciales como Winnie The Pooh o similares. Ya en la tienda de juguetes -tienda y no gran superficie, por aquello de la postmodernidad- han sugerido amablemente envolver el animal para regalo, pero he dicho a la amable dependienta – Srta. Annabel- que muchas grácias pero que eso ya lo haría yo mismo en casa; puesto que el regalo iba destinado a una persona un poco especial: no se trata del hecho de que mi regalo llegue a mis manos directamente, sin la sorpresa gratificante ni los esfuerzos meritocráticos de desenvolver, de hecho, todavía conservo algo de respeto por las tradiciones: me gusta elegir el color del papel de mis regalos en función del estado de ánimo del momento -y para ser correcto del todo, que lo intento ser, también en función del estado de mi alma, porque ánimo y alma siempre caminan juntos cogidos de la mano-. He querido mi regalo envuelto en papel rojo de estrellitas. De siempre he querido mis regalos de color rojo, excepto aquellos días que en realidad los he querido en papel de color azul. Pero como por motivos que no acabo de entender del todo no acostumbro a tener papel rojo en mi casa -y las ganas de recibir mi regalo siempre me obligan a no esperar el tiempo que tardo en ir y volver de la papelería- finalmente he tenido que regalarme el osito en papel de color azul, como al final siempre acaba sucediendo.

Ya en casa, desnudo de su sábana azul, por tal de llevarlo a mi vida de forma completa he procedido a bautizarlo. Dicen los católicos que, para bautizar una criatura como Dios manda le tienes que poner un nombre. Para ellos, los católicos, el nombre no tiene que ser necesariamente bonito puesto que conozco a un puñao de gente bien católica que ha elegido nombres tan feos como insultos de los cuales no hablaré por tal de no herir susceptibilidades y no arriesgarme a encontrarme mi cara partida un buen día paseando por la calle. Hoy día, por suerte, tampoco hace falta que el nombre de la criatura esté incluído en el Santoral, como sí lo estaba -porque si no no tiene explicación- el nombre que le pusieron sus padres a mi tío abuelo Canuto. El caso es que hoy ya puedes elegir para las criaturas el nombre laico de una montaña, de un lago, un río… con total libertad religiosa y exento de problemas de carácter legal o confesional.

En definitiva… mi osito se llama Jrushev. Lo he bautizado con agua destilada, limpia pero sin bendecir por falta de tiempo. Mi oso de peluche no hará ostentación de su nombre en honor al insigne político ruso. Mi oso de peluche sabe perfectamente que le he puesto este nombre porque suena a nombre de oso de peluche y en este momento -hasta que la Warner diga lo contrario- lo veo original.

Quisiera pensar que mi osito cree que le he puesto este nombre por tal de ayudarlo a hacerse el revolucionario como yo, libremente -pero solo a ratitos, cuando lo desee su corazón- siempre y cuando con ello nunca haga daño a nadie. En todo caso y pese a todo, sin que yo se lo haya pedido ahora ya sabe querer: saber querer porque está vivo y está vivo porque quiere y le he dado la vida sacándole del anonimato-. Jrushev quiere, pero tratando de no hacer daño; tal y como lo tendría que hacer todo el mundo… pero es que nosotros los humanos, a diferencia de los ositos y ositas de peluche vivimos demasiado en la contradicción. Somos humanamente contradictorios. Y seguramente lo seamos hasta el día del Juicio Final; y por tanto, al contrario que mi oso de peluche, nunca aprenderemos a querer bien. Aunque sea Navidad.

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