El árbol de navidad de la Praça do Comércio

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Lisboa; puente de diciembre, tenía siete años. Bajábamos del Bairro Alto y Alfama en aquellos vetustos y preciosos tranvías amarillos que parecían -parecen- funcionar a tirones. Hacía un frío horroroso, como nunca antes había vivido -supongo que al estar tocando al Atlántico éste hizo de las suyas- y cualquier cafetería era buena para pedir una bica o una meia de leite. En mi caso era feliz con un vaso de leche caliente y un poco de azúcar. Renegábamos de utilizar el elevador do Carmo. No podíamos ver, pues, el festival de luces que habitaban las aceras.

Al bajar caminamos entre callejuelas, proseguimos por la Rua Augusta y llegamos a la Praça do Comércio.  Papá hizo fotos al árbol y a todas sus luces, creo. También a Dom José, siempre al paso del caminante.

Llevaba puesta una trenca azul marino. Bufanda y guantes rojos porque el océano de cara hacía de las suyas. Me picaba la garganta al tragar y el viento removía mi pelo. Tenía solo siete años, había visto algo precioso e inesperado: acababa de empezar la navidad.

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