Mujer en la arena

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Mujer en la arena

PLEGADA en la cavidad del silencio como feto dormido, nada espera como no sean los desprendimientos imperceptibles de la arena impalpable, de la impalpable arena,  la imperceptible, la impalpable arenisca, ingrávida, de oro blanco inconsútil, de mineral meditabundo lentísimo y precioso, ese tan tenue polvo de utopías que se acumula en las axilas de la impalpable eternidad.

Antiguamente, hace millares de años, ella cantaba. Y hay testigos. Era la larva de la música, la oruga delicada del poema, la madre de los pájaros.

Antiguamente tuvo sandalias, túnicas, adornos y un peine fino para su cabellera, y especias aromáticas que después fueron bíblicas. Tuvo inclusive sombra, rumores en la sangre.

Fue quizá bella, fue ligera y bailable. Hubo leche en sus pechos y sueños en su almohada.

Aquello que hubo sido es para siempre. Así, cuando se acaben las edades, será en la sede del silencio una voz leve, una palabra sin gramáticas, el origen del verbo, la flor de la armonía y la maduración de la cadencia.

De Prueba de Artista, de José Viñals (ERE, 2000)

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