Una clase con Ángel

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TENGO frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.

– – – – –

TIENDO mi cuerpo sobre las maderas agrietadas por las lágrimas, huelo la linaza y la sombra.

Ah la morfina en mi corazón: duermo con los ojos abiertos en territorio blanco abandonado por las palabras.

No tocaba leer a Gamoneda –arràn de que que la poesía casi nunca se lee de forma obligatoria en Bachillerato-. De hecho estábamos por el Siglo de Oro, siguiendo sus apuntes: desterró la idea del libro de texto y elaboró él -siempre pensaré que la inefable Rafaela no tuvo nada que ver- unos apuntes esquematizados, con cuadros sinópticos y resúmenes para aprender de la mejor manera Lengua Castellana y Literatura. He de decir que los apuntes de Ángel iban cotizados: al año siguiente un sempiterno repetidor -ojo al parche, ojo quien os habla- me los pidió para mirar de aprobar en septiembre. Me cerré en banda. No trafico con apuntes y menos para mirar de aprobar, como si septiembre fuera una tómbola.

Decía que no tocaba leer a Gamoneda. Ángel, escribió SILENCIO en la pizarra. Acto seguido cogió un libro y recitó el primero de los poemas. Luego dos, tres, cuatro o cinco más. Nos pasó algunas copias, reflexionamos. Estuvimos toda la clase manteniendo un silencio suave, sostenido, agitando por alguna mosca de aquellas de octubre que todavía volotean rezagadas entre pupitre y silla. Sentado como estaba en su sillón, bajo su bigote marcaba una ligera sonrisa entre satisfacción e ilusión. Se permitía aquellas licencias porque podía. Sabía la manera de atraer la atención, de ganarse el silencio. El silencio y la atención son muy importantes. Uno se da cuenta de su fragilidad poco a poco: algunos profesores lo ganan con el miedo, otros con el humor. Contad con menos de la mitad de los dedos de vuestra mano derecha cuántos gracias a aquello que les apasiona. Eres plenamente consciente de su importancia cuando vas al otro lado y te toca descubrir -en mi caso- con niños el mundo que te rodea.

He dejado de trabajar en la Garrotxa. La Garrotxa es una comarca prepirenaica que podría asemejarse en algunos rasgos a su San Vicente de Alcántara natal. El tiempo allí siempre va con algo de adelanto, con aquella sensación del no quedarse quieto . La semana pasada empezó a hacer frío, a estar a bajo cero en el bosque. Los expertos dicen que pronto nevará: cuajarán los copos sobre la yerba y el musgo tierno, cubrirá el blanco el alcance de la mirada. El momento de posar la semilla en la nieve.

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