‘El libro portugués de los muertos’ (un poema de Sergi Bellver)

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[su familia fue muy valiente: permitir a la menina salir de casa con un completo desconocido fue demasiado para todos. Iba bien preparado: durante las semanas previas estudié presupuestos, transportes, comidas, alojamientos. Intenté llevar un cuaderno de ruta (extensivo a todo el agosto portugués, que podéis leer aquí) pero no fui capaz de escribir un solo poema. El país vecino estableces las normas: me deja leer a ratos, pero establece sus normas para escribir en verso…]

El libro portugués de los muertos
Estranha forma de vida la de los fantasmas
con los que me he encontrado en mis viajes
por esa tierra del desasosiego y la dulzura.

Mi primera y juvenil tarde de domingo en Lisboa,
cuando el eléctrico 28 doblaba por Escolas Gerais,
Álvaro de Campos, sentado al fondo del tranvía.
Solitarioa, ensimismado y al borde del sollozo,
parecía bendecir cada sábana tendida en Alfama.

En Porto, en los muelles del Duero, Ricardo Reis
tan impecable con su traje que nadie le supondría
recién desembarcado de un largo regreso del Brasil,
buscó un quiosco para ponerse al día, estoico
de todos los desastres e infamias de la república.

Durante un lento y hermoso trayecto en furgoneta
entre la punta de Sagres y Évora, como si él mismo
hubiera bautizado a cada uno de aquellos árboles,
Alberto Caeiro me señalaba sin decir palabra
los quejigares del Algarve y las dehesas del Alentejo.

De nuevo en Lisboa, en mi último viaje, del que,
ay, hace tanto tiempo como para lamentarme,
compartí mesa y debate en un café del Chiado
con Bernardo Soares, y enseguida llegamos
a un doble y feliz acuerdo: el progreso es un cuento
y, a los muertos, hay que dejarles hacer su vida.

[poema extraído de Gavia (El Desvelo Ediciones, 2019), el primer poemario de Sergi Bellver (Barcelona, 1971 – act)]

Cuando vean al POETA, preparen la escoba

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Poetas que están sin estar, escriben sin leer y hablan por hablar. En el imaginario de una sociedad centrada a la exportación de talento, una sociedad tierna cae en el defecto de encumbrar al primero que asegure que ha inventado la pólvora. Poetas que llenan antologías, foros y demás hojas de papel reciclado con una facilidad pasmosa, con una poética más consolidada que su obra, verde todavía. Poetas deseosos de entrar en la cadena de favores y entrar de pleno en el círculo vicioso de la dependencia que muchos indies tanto reniegan. Editores que tienen que estar allí porque son lo más.

Hay un valor surrealista a la distancia, cuando en realidad, es una muestra de cuánto ignoramos.

Cuando me piden consejo únicamente puedo sonreír amargamente: quienes desean seguir haciéndose trampas al solitario -ellos sabrán por qué- entienden que mi ambición fue amagándose poco a poco hasta casi desaparecer.

(4) “Me acuerdo” lisboetas/veraniegos

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[un día enumeraré todas las ventajas que tiene dormir tapado en verano. De mientras, mejor hablar de todo lo que pasó…]

Me acuerdo…

…de los paseos matutinos con Baltazar por LX Factory y de las galletitas que un cocinero chileno le ofrecía cada mañana. En agradecimiento, la puerta de su restaurante era la única que permanecía sin rastro de micciones de todas las del recinto.

…de recorrer en taxi el braço de prata a toda velocidad de madrugada, desde Oriente y cómo Leonor cabeceaba sus sueños sobre mi hombro izquierdo.

…de la sonrisa del camarero que me sirve el desayuno en el Galão. Una verdadera amistad.

…de la avó fumando el penúltimo cigarro del día, con una taza de café, invitándome a fumar con ella para así saborear mejor el momento.

Ambiciones veraniegas

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No pido mucho, pero sueño demasiado: despierto, claro, porque siempre interrumpo el dormir con alguna incursión nocturna; visitas acuáticas. A tres meses vista, hago planes poco complicados, de algunas horas: pasar en ferry el Tajo, la visita anual al museo de la Carris, alguna excursión hacia Setúbal o visitar algún palacio cerca de Lisboa. Son caprichos próximos y no muy ambiciosos, lo reconozco. Humildemente -y por tanto, todo lo que diga a continuación, de humilde tendrá poco- me conformaría con abrir un botella de vino blanco (sí, de vinho verde, no os pongáis exquisitos ahora) con un poco de queso, algunas sardinas, siempre que Leonor me permita asarlas de una maldita vez en la cocina, y algunas olivas negras. No descartaría sumar al bodegón unos boquerones y banderillas… o unos torreznos -pocos-, de la previsible visita soriana a inicios de agosto…

¿La banda sonora? Antena 1 Fado  o los cánticos de la Peña Sportinguista de Alcântara, que tiene su sede enfrente de casa. Incluso, en el mismo día, podríamos elegir qué pasión escuchar.

Elegir, porque Leonor es del Benfica. Lo suyo también es pasión.

‘En el balcón del edificio’ (un poema de Mary Jo Bang)

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En el balcón del edificio
Nada de dormir ahora. Ya no hay pacto de sueño con morfina y la noche como aguja. Estamos despiertos, empujados el uno por el otro como si lo que quedara es todo lo que habrá. Nos necesitamos como si estuviéramos en una rama frágil que está siendo podada. Veo la huella de una cicatriz tenue sobre tu ceja izquierda. Entonces supe lo que era sentir. La caída agonizante.

[poema de Mary Jo Bang (1946 – act.)  extraído de Una muñeca para tirar (Kriller71, 2019)]

 

Cómo volver a casa

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[la entrada tenía que haber aparecido el pasado domingo 12 de mayo, pero por problemas técnicos -ya solucionados, previa compra de un nuevo equipo informático- no pudo subirse a la red. Perdonen las disculpas, decían…]

Leo a Mary Jo Bang mientras el Regional Exprés número 18057 corre desbocado por los acantilados de la costa el Garraf. El viernes, durante poco más de una hora fui un afortunado: creo que todos los que estuvimos en el Raval éramos conscientes de ello y por eso el silencio se agudizó más si cabe: era normal, y la culpa no era la conferencia en inglés -aunque hábilmente traducida, reservé las pocas fuerzas que me quedaban para esforzarme por entender a la poeta al natural: creo que lo conseguí-. Eché de menos tomar notas -la maleta, las prisas, el primer calor del año- pero suerte de la poesía: es de esperar que un poeta sea una hoguera y el crepitar de la resina con el fuego, el chasquido en sí, sea la poesía. Que un poeta se convierta en fuego es un ejemplo de que, al final todos nos convertimos en un algo: un recuerdo, una motivación, un referente, un olvido e incluso un error: todos adoptamos un rol al escribir poesía -¿quiénes somos?, ¿por qué?- y a veces ponemos en duda no ya nuestro poema, si no incluso el papel con el que escribimos.

indagar en el lenguaje, en manipular una historia para hacerla nuestra de manera hábil, o eso intentamos: es la magia de apropiarse de algo (el lenguaje, la poesía, lo que sea) y arrojarla a un vacío, a un espacio todavía desconocido hasta que ese algo toque suelo.

cuando escribo creo que lo hago a partir de una ventana de metacrilato donde expongo con un rotulador los versos, desmenuzo su significado y me empleo a fondo en una batalla interior contra cualquier tipo de pregunta que aparezca. No importa si es cierto, si es ficción, realidad o media realidad aquello que escribo, solo que permita una experiencia: a mí, cada vez que abra el documento en el ordenador o lo saque de la cajonera de mi escritorio, o a cualquier que tope con ellos. Es así.

Lectura fácil

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aprovechemos ahora, que vive libre de prejuicios; los venenos de la lírica todavía no tienen cabida en él -no sé si entrarán alguna vez- y sus manos se extienden a una mirada incisiva, como el colmillo del dinosaurio que sueña

por suerte para nosotros, en sus dedos la medida el tiempo es inocua.