Un (no) diario de confinamiento

Hace tres semanas decliné de manera oficial -es decir, para mí, internamente: en el blog no hay nada al respecto- realizar un diario de confinamiento. Sigo un par, tres: el de Avelino Fierro, el de Jordi Doce. Creo que Tomás Sánchez Santiago anda por ahí con el suyo. Intento leer y poner distancia. En situaciones excepcionales medidas excepcionales. Seguramente hace dos o tres años me habría de tirado de cabeza para realizar un diario debido a las experiencias previas en Irlanda, Portugal o la Garrotxa, pero aquí se juega con desventaja: mucha gente haciendo lo mismo y con mayor o menos atino satura a los lectores y a uno, a la mínima que sea inquieto, le vuelve un tanto nervioso: qué me he dejado en el tintero, qué podría haber escrito más. Por qué tantos aplausos y tan pocas caceroladas en según qué ciudades del estado. Supongo que me entenderéis.

A lo largo de las casi tres semanas que llevo encerrado me he visto en situaciones de todos los colores. Por circunstancias me he vuelto durante diversos momentos del día una persona helada, fría como un manantial alpino. Distante para muchos, si cabe. Supongo que no he llegado a ser desagradable, pero me he guardado el miedo y la incertidumbre para mí: me he convertido en un dique para según qué sentimientos.

No tengo nada que ofrecer. Nada nuevo que ofrecer por mucho que haya revisado un libro que había acabado en febrero: El año de la muerte de Bruno Ganz. Ya apuntalado y en la cámara de depósito, nada más. Escribir es complicado si no sé distinguir los brotes verdes.

La distopía nuestra de cada día

unnamed“(…) Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad, les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad.”

David Trueba

[publicado en El País, el 10 de marzo de 2019]

Coronavirus day

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hoy petó todo. Y entre reuniones de empresa que parecen consejos de ministros, cierres de escuela, crisis familiares y demás… hay tiempo para reflexionar con una mirada un tanto diferente. Iba a compartir hoy los dibujos del Gringo Lucho sobre Una Aventura Centroamericana, pero debido al cambio radical, pongo algunos dibus de la serie Coronavirus Day. Obra y gracia de Luis Felipe Comendador. Quién le abrazara ahora.

La personalidad y el poema

CA20100513-2183WEB

“Hay diferentes grados de personalidad en diferentes poemas. Algunos de ellos parecen muy lejos de mí y algo de cerca, y los emergentes allegados generalmente no dicen lo que quiero que digan. Y eso es cierto de la persona en el poema que está lamentando esto como un hecho de una determinada etapa de la vida. Pero también es cierto que soy yo.”

Anne Carson

Mujeres

17070392392_55c59af06a_b

No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con unos maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón ,enferman y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Manuel Vilas

Un día benevolente

WhatsApp Image 2020-03-07 at 18.32.45

[no ha quedado nada del dolor. Nadie sabe a dónde llegué, nadie me pregunta qué siente mi mano izquierda: si tengo cosquillas o si bien, cuando caigo, pongo el codo. Suelo ser menos que un terror de azúcar…]

Parto de la base en que, las sábanas un sábado pesan más de lo normal. Hay motivos de peso para levantarse -café, ducha, tren. Sin más- y yo los encuentro en un mediodía con M. Y con E. También, otra M. de pasada -dos sillas de madera delante mía- toma notas en la librería a todo lo que dicen Esther y Pilar. Esther se acuerda de mi lapsus de un frío mediodía en Plasencia (creo que le hace gracia la anécdota: yo, tierra trágame), a M. la pierdo de vista pero es feliz entre los reencuentros. M. es generosa: nos dedica una de sus creaciones y dos libros todavía sin firmar. Pienso en los reencuentros y en la nueva costumbre de pedir las dedicatorias en plural. Antonio me saluda, aprieto la mano y lo comenta. No queda nada más que vino blanco seco. Bueno sí: dos libros, de Lola Nieto y Concha García y una revista. Y un bocadillo seco masticado en el tren, marinado con jarabe antes de llegar a casa. Después, la migraña.

Afirmo que soy

Cristina-Morales-Granada-Centro-Lorca_1344776407_97814377_667x375

Afirmo que la puta es mi madre
y que la puta es mi hermana
y que la puta soy yo
y que todos mis hermanos son maricones.
No nos basta enunciar ni vocear
nuestras diferencias:
Soy mujer,
Soy lesbiana,
Soy india,
Soy madre,
Soy loca,
Soy puta,
Soy vieja,
Soy joven,
Soy discapacitada,
Soy blanca,
Soy moderna,
Soy pobre.

[entradilla de Lectura fácil (Anagrama, 2018) de Cristina Morales; extraída de Feminismo urgente. ¡A despatriarcar! de María Galindo]