Elefantes en mi buzón

Esther

Desde la aparición del elefante, voy coleccionando casi sin querer efectos paquidérmicos: desde postales hasta figuras de madera, pasando por peluches, libros o imágenes como la que preside durante el verano el blog. Pero lo de ayer miércoles fue brutal.

Esther Muntañola, además de ser una persona de primera y una poeta como la copa de un pino -y no lo digo yo- presume de domar los colores con sus manos. Ayer al abrir el buzón encontré, dentro de un sobre también detallado, la postal que encabeza la entrada. Estoy todavía sin palabras.

Mil gracias, Esther.

Nota: si queréis leer alguna entrada más de la artista, pinchad aquí.

Los primeros aterrizajes

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Tenía que suceder. Sin ir más lejos, algunos poemas del elefante fueron esbozados en las nubes: no sé cuántos aviones he tomado éste año y el anterior. A bote pronto, sin pararme mucho a contar… unos seis o siete. Saber perderse mutó y cambió de nombre, ahora se llama Aterrizajes -tras someterlo a una operación de pulido sin precedentes-. Aterrizajes, sí, porque los aviones me han conquistado como lo hicieron en su día los tranvías y, en menor medida, los trenes. La RENFE y su exquisito servicio en Catalunya tiene gran parte de la culpa de mi desencanto ferroviario…

Son miniaturas metálicas, de escala 1:500 -es decir, quinientas veces más pequeñas que en la realidad- y, excepto una, el resto no las he elegido yo: todos tienen un hermano de verdad que vuela. Únicamente incorporo modelos que cumplan como mínimo una de las tres siguientes condiciones: que vuelen a Barcelona o Lisboa -o a los dos-. que sean turbohélices… o que sean de TAP Air Portugal. Sigue leyendo

Un mai acaba de no ser-hi

Sentir-se aliè a l’esforç i alegria dels companys. No ser còmplice complet ni de l’alegria ni del desencant provocat per la caiguda. Tot i això sempre he recordat el tacte dels peus damunt de les espatlles, el soroll buit de la caiguda i el silenci -un segon, abans de trencar-se- que desprèn, irremeiable.

Potser he passat aquella època sentimental, romàntica si voleu, vers els castells. I a la colla un mai acaba de no ser-hi. Malgrat les distàncies, és així.

No va ser la diada que volía tothom. Reacció, treball, respecte. Al final tot arriba…

Fotos: Extretes del twitter de la Jove de Tarragona

[I ahir, catorze anys amb camisa. Sense adonar-me fins ara.]

Cuando uno necesita cafuné

Cafuné (Octu2018contra)

Soy consciente de mis limitaciones; no soy dado a conocimientos científicos y mi limitación en según qué ramas de la ciencias me han lastrado durante mucho tiempo. Sé lo que significa cerrar una puerta de una casa y buscarse la vida en un pueblo perdido en la puerta del Pirineo. Cuando me han machacado, más mal que bien me he levantado aunque haya costado la vida, como a todo el mundo que puede permitirse levantarse tras una paliza del tipo que sea: laboral, sentimental y emocional. Me han dejado tirado, he dejado tirado y luego la conciencia me ha comido por dentro. Me callo muchas cosas, soy crítico y autoexigente; tengo mil tonterías en la cabeza, pero lo que tengo de tozudo lo tengo de cariñoso y, en la medida de lo posible, también de atento. Sigue leyendo

En el Museo Vostell

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Horas antes de marchar a Lisboa hubo tiempo para visitar el Museo Vostell Malpartida. Wolf Vostell (1932 – 1998) vio en Los Barruecos una obra de arte de la naturaleza, entre canchos, la dehesa. Pionero del videoarte y cofundador del movimiento Fluxus, ideó en el corazón del paraje, en 1978 no ya un museo, sino un lugar de referencia internacional en el ámbito del arte contemporáneo después de la II Guerra Mundial.

En los alrededores grabaron algún exterior de Juego de Tronos. Una escena de un tal matarreyes y un dragón.

[gracias Isa, Carmelo y Alejandro por todo el cariño y ternura que nos ofrecisteis esos días. También a Trasto, aunque de momento no seamos amigos…]

O amor das coisas belas: infancia y Angola

ad20fd2d-bb3d-454a-8616-518027f514e3Era una vez un niño llamado António. António no tiene nombre, sino un verbo: escribir. Eran Antonio y sus hermanos. El era el mayor. Y el más irreverente. La literatura es irreverente, siempre.

António ya escribía novelas de dos páginas a los cuatro años. Juntaba las letras de forma tan diligente que se envolvía y desaparecía justo en medio de sus novelas.

(¿Sabes qué quiere decir diligentemente? Sé irreverente y no utilices internet: búscalo en el diccionario.) Sigue leyendo