El lunes, encuentro con AUPEX

95944365_10221795247486964_54320650415767552_nDentro de la falsa normalidad que nos viene encima está la necesidad de modificar encuentros, presentaciones, lecturas… transformándolos a un entorno accesible para la mayoría (en principio). Es por ello que pasado mañana, lunes, a las 19:00 realizaré un encuentro digital, presentando Huir, leyendo algunos poemas del libro y hablando un poquito sobre confinamiento, lecturas, procesos de creación. Hay alguna sorpresa preparada, así que…

Estos encuentros con con escritores están gestionados por la AUPEX y la AEEX (mil gracias por la iniciativa).. Se han realizado otros con poetas como José Antonio Zambrano o Irene Sánchez Carrón. El lunes, mi turno.

Link al encuentro: https://meet.jit.si/LaUniversidadPopularNoPara

El punto y final

29 de enero D

De jóvenes nos delatan nuestra aficiones y de mayor, las costumbres. A los ocho años en el ultramarino cuando entrábamos en la sección de especias y condimentos, imaginaba estar en un zoco. Vivía fabulando cual mercader, observando las coloridas latas de pimentón, las cajitas de azafrán, las bolsitas de hierbas provenzales que poblaban el mostrador, al lado de la guillotina de cortar el bacalao. Mi vuelta al mundo particular caía a plomo cuando veía que mi madre pedía dos sopas de sobre para llevar, esfumando cualquier posibilidad de nuevos aromas, sabores. A los veintipocos, en una brasería en los confines de la ciudad donde dábamos cuenta de espetadas, entrañas, secretos, abanicos, costillas y cerveza recuperando fuerzas tras trabajar en el campo: los, calabacines y melones, las sandías y los tomates de rama que nutren postres, gazpachos y ensaladas no se recogen solos. Comíamos aquellas noches como vivíamos por las mañanas: con avidez y el deseo de acabar, con un horizonte de playa en septiembre, discutiendo si iríamos a Benidorm o Islantilla mientras apurábamos un café con hielo. Discusiones que quedaban en nada, eran breves como el susto de canela del arroz con leche que comíamos de postre. De mayor en mi Seat Málaga practico el ajuste de cuentas, el balance de beneficios y debes. desequilibrado por el montón de pagarés residentes en el asiento derecho, al lado del teléfono del teléfono del trabajo de Charo, impreso en una caja de cerillas. Conduzco por la carretera que me lleva a la Siberia con Rosa Morena a todo trapo. En la guantera llevo todavía el revólver cargado -lo que pude haber sido y no quise-. El codo izquierdo saliendo por la ventana. La camisa abierta, el paquete de Ducados en su bolsillo. En el horizonte, peinando una loma, el toro de Osborne vigilante: nunca ha visto más mundo que los automóviles y motocicletas que lo vadeaban. En algo nos parecemos, digo yo. No existe otro lugar que refleje lo que he sido pueda ser el mejor final de mi viaje.

Recomenzar (por decimoquinta vez)

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[escribir en el aquí es volver dar corriente al guadiana en que se han convertido los textos que aquí albergo. Diario de dolores y lecturas. Valente inaugura…]

NOSOTROS no tenemos tiempo para recordar, como los que nos antecedieron, los biombos de tela, el frescor estival de un decorado de fotografía antigua, el niño con su larga onda artificial sobre la frente, como pudieron recordar los que antes vinieron en largas barcas de cartón pintado, bañadores a rayas y se fotografiaron a su tiempo debido, pero no nosotros ya sin espacio casi o ni siquiera lugar alguno al que volver el rostro para quedar al fin como estatuas de sal, pero seguir quedando, en dónde, muertos, vagamente, sin precisa memoria.

[poema extraído de No amanece el cantor (pag. 56, Tusquets, 1992) de José Ángel Valente (1929 – 2000)]

Un (no) diario de confinamiento

Hace tres semanas decliné de manera oficial -es decir, para mí, internamente: en el blog no hay nada al respecto- realizar un diario de confinamiento. Sigo un par, tres: el de Avelino Fierro, el de Jordi Doce. Creo que Tomás Sánchez Santiago anda por ahí con el suyo. Intento leer y poner distancia. En situaciones excepcionales medidas excepcionales. Seguramente hace dos o tres años me habría de tirado de cabeza para realizar un diario debido a las experiencias previas en Irlanda, Portugal o la Garrotxa, pero aquí se juega con desventaja: mucha gente haciendo lo mismo y con mayor o menos atino satura a los lectores y a uno, a la mínima que sea inquieto, le vuelve un tanto nervioso: qué me he dejado en el tintero, qué podría haber escrito más. Por qué tantos aplausos y tan pocas caceroladas en según qué ciudades del estado. Supongo que me entenderéis.

A lo largo de las casi tres semanas que llevo encerrado me he visto en situaciones de todos los colores. Por circunstancias me he vuelto durante diversos momentos del día una persona helada, fría como un manantial alpino. Distante para muchos, si cabe. Supongo que no he llegado a ser desagradable, pero me he guardado el miedo y la incertidumbre para mí: me he convertido en un dique para según qué sentimientos.

No tengo nada que ofrecer. Nada nuevo que ofrecer por mucho que haya revisado un libro que había acabado en febrero: El año de la muerte de Bruno Ganz. Ya apuntalado y en la cámara de depósito, nada más. Escribir es complicado si no sé distinguir los brotes verdes.

La distopía nuestra de cada día

unnamed“(…) Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad, les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad.”

David Trueba

[publicado en El País, el 10 de marzo de 2019]

Coronavirus day

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Hoy petó todo. Y entre reuniones de empresa que parecen consejos de ministros, cierres de escuela, crisis familiares y demás… hay tiempo para reflexionar con una mirada un tanto diferente. Iba a compartir hoy los dibujos del Gringo Lucho sobre Una Aventura Centroamericana, pero debido al cambio radical, pongo algunos dibus de la serie Coronavirus Day. Obra y gracia de Luis Felipe Comendador. Quién le abrazara ahora.

La personalidad y el poema

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“Hay diferentes grados de personalidad en diferentes poemas. Algunos de ellos parecen muy lejos de mí y algo de cerca, y los emergentes allegados generalmente no dicen lo que quiero que digan. Y eso es cierto de la persona en el poema que está lamentando esto como un hecho de una determinada etapa de la vida. Pero también es cierto que soy yo.”

Anne Carson